01Evangelio según San Lucas 10, 25-37

Domingo de la XV semana del tiempo ordinario

 

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?”. Jesús le preguntó a su vez: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”. Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo”. “Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida”. Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: “Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: ‘Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver’. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?”. “El que tuvo compasión de él”, le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: “Ve, y procede tú de la misma manera”.

 

Meditación de José Miguel Arévalo Araneda

 

“¿Y quién es mi prójimo?”.

 

Siento que Jesús me dice: “Ya ves, ante la pregunta de: “¿quién es mi prójimo?”, la respuesta es: todo aquel que Yo he puesto en tu camino, las personas que van junto a ti y las que se cruzan en tu camino. A ellos tienes que amarlos, tal como te amas a ti mismo, tal como hizo el samaritano. El amor a Dios, al prójimo y a ti mismo son inseparables, en el mandamiento para la vida eterna. Procede tú como el samaritano, que vio, se conmovió y se hizo responsable del prójimo según sus medios y según la necesidad de este. Quisiera que tú veas en quienes van contigo, o se cruzan en tu camino, al prójimo a quien amar, que te dejes conmover y le hagas el bien.

 

Me resulta fácil tener una disposición favorable a este mandamiento, pues parece justo y coherente. Sin embargo, a la hora de hacerlo vida, me encuentro con las limitaciones que lo obstaculizan: primero, una cierta incapacidad de ver (mirar sin ver), o por no querer ver (dar vuelta la mirada); segundo, no dejarme conmover (por desconfianza o prejuicios); tercero, por un ánimo voluble o caprichoso (porque no estoy de ánimo, porque la persona no me es simpática, o porque siento que me debe algo). Estoy seguro de que por algo el Señor pone a las personas en mi camino, y que Él espera de mí una respuesta como la del samaritano. Siento que todo pasa primero por dejarme conmover, y luego actuar.

 

Señor, te agradezco por la claridad de tu mensaje, de tu mandamiento y lo trascendente que es, ¡nada menos que para la vida eterna! Te pido el auxilio del Espíritu Santo para dejarme conmover por la necesidad de mi prójimo y actuar sin obstáculos propios. Me viene a la mente el ejemplo de María en las bodas de Caná: ella y Tú eran invitados a esa boda, sin embargo, ella con su corazón maternal se conmovió frente a la necesidad de esos novios y te pidió que hicieras algo. Le pediré a ella recurrentemente que me “llegue”, aunque sea algo, de ese corazón maternal. Así sea. AMÉN