Hechos de los apóstoles 12, 1-11; 2 Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19
«Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos»
29 junio 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Jesús me mira, me habla en susurro. Necesito mirar y escuchar su voz suave. Quiero saber lo que Dios desea de mí. Caerme del caballo es el comienzo de mi vida, el primer paso de un camino»
Hay dos movimientos importantes en la educación. Por un lado educar a otros y por otro, dejarme educar. Tengo el sueño de poder educarme a mí mismo. Educar tiene que ver con sacar lo mejor que hay en cada persona. Con sacar lo mejor que hay en mi interior. Me puedo centrar en acabar con las aristas de mi personalidad, con mis zonas oscuras, por mis debilidades manifiestas. Puedo obsesionarme con erradicar el pecado y las faltas. No lo consigo de esa forma obsesiva. Tal vez me puede ayudar Dios con su presencia. O puedo yo mismo potenciar la fuerza que vive en mi interior. Porque dentro de mí habita ese deseo incontenible de belleza. Ese anhelo insaciable de ser amado. Ese sueño inalcanzable de subir a las alturas. Quiero educar desde lo más grande que vive dentro de mí. Una historia revela el mejor camino a seguir: «Una madre le comentaba a su amiga: – Mi hijo ha vuelto a suspender matemáticas. Se pasa el día dibujando sin hacer otra cosa. No parecen interesarle los números. ¿Qué vas a hacer? Le preguntó su amiga. Ponerle un maestro particular, contestó ella. ¿De matemáticas? No, de dibujo». Potenciar lo que me gusta, animarme a hacer aquello que me da la vida. Y cuando esté feliz haciendo lo mío, quizás logre mejorar en aquello que no me motiva en absoluto. Tendré más ánimo, más luz en los ojos, más alegría. Potencio esas fuerzas interiores que mueven mi alma. No vivo obsesionado con esos defectos que me limitan, con esas carencias que me lastran. Dentro de mí hay un volcán, un mundo que vive en mi alma y me ayuda a enfrentar la vida. Educar significa sacar del interior una vida que todo lo transforma. No quiero apagar estrellas, quiero encender el sol para que no se vean las estrellas. La luz del sol es poderosa, como ese rayo que todo lo cambia. Elimina las oscuridades y las sombras. El que puede educar a otros es el que está en parte educado. No totalmente porque estamos todos en camino. Soy una historia por hacer. Me voy reinventando cada día. Quiero saber lo que me da alegría, descubrir aquello que logra que algo vibre en mi interior. Las cuerdas de mi alma entran en conexión con algo fuera de mí. La resonancia me permite emocionarme, alegrarme, soñar con cosas grandes. Miro dónde hay más luz en mi historia, en mi pasado. Pienso en todo lo que me llena de paz y alegría. Potencio lo que ya tiene vida en mis pasos. No trato de podar sino de dejar que crezca. Ya llegarán luego los días de poda. Si algo se me da bien y me da alegría no dejo de hacerlo. ¿Para qué cambiar lo que me funciona bien? Mis fuerzas y mis debilidades. Mis pasiones ordenadas y las desordenadas. Mis esclavitudes y mis libertades. Soy historia por hacer. Voy dejándome hacer por el camino. Dios tiene para mí un camino de salvación. Ha soñado conmigo y ha deseado que mi vida sea feliz, plena. Para poder educar a otros tengo que ser coherente. Si te pido que seas libre de las redes sociales, yo al menos tengo que aspirar a lo mismo. Si te exijo hacer deporte, cuidar tu salud o cambiar ciertos hábitos negativos, tengo que estar haciendo yo el mismo proceso. Si mis palabras quedan desmentidas por mis actos, no va a funcionar. Sólo de la mano de Dios podré sacar lo que no está en orden y potenciar lo que sí está dándome la vida. No puedo vivir controlando si haces lo que yo quiero. Si digo que confío tengo que confiar en todo momento. El control es mucho peor que la confianza. Si te dejo hacer sin controlar corro más riesgos. Puede que no hagas lo que yo quiero o que no lo hagas de la forma como yo lo haría. Controlo, superviso y digo que confío, pero es mentira. La confianza es dejar hacer. Es permitir que el otro se confunda y yerre. Es dejar que lo haga a su manera sin querer imponerle la mía. Sólo cuando confían en mí soy capaz de sacar la mejor versión de mí mismo. Cuando creen en el potencial que escondo bajo una apariencia imperfecta. Aceptar al otro en el estado en el que se encuentra ahora es el paso necesario para que esa persona llegue a cambiar algún día. Sin ese apoyo, sin esa confianza, no será posible el cambio. Sólo doy pasos en la dirección correcta cuando alguien me ha amado cuando menos me lo merecía, me ha apoyado cuando más lejos me encontraba de mi ideal. Me pueden fallar y me costará recuperar la confianza. Pero es el único camino para lograr que las personas a las que amo crezcan, cambien y sean mejores. La confianza es un don divino que tengo que pedir todos los días. Confiar en la belleza escondida. Creer en el potencial de cada persona que Dios me confíe. La educación más efectiva sucede desde el amor. Cuando me aman como soy, imperfecto, inconcluso, es más fácil avanzar en el camino.
Hay conceptos que se van metiendo en el alma en el tiempo actual, pero aun así no es tan fácil vivirlo. El Dr. Carlos Jaramillo comenta: «Una vida saludable no tiene por qué ser complicada. Es saber agradecer, gestionar las emociones, alimentarse bien, hacer ejercicio, amar, no enredarse la vida y aprender a decir: – Esto no me lo voy a tomar. Para mí hay siete pilares: alimentación, sueño, actividad física, relaciones, meditación, exposición a tóxicos y manejo emocional. Observa cada uno como si fuera un panel de control. Revisa en cuál estás bien, en cuál mal y trabaja uno a la vez. Con paciencia, con disciplina». Una vida saludable es una vida ordenada. Donde están claras las prioridades. Donde sé lo que hago y por qué lo hago. Hay siempre decisiones difíciles que tomar. Y opciones que no siempre me dejan tranquilo. Muchas veces no será posible comer bien, dormir bien, hacer deporte, trabajar bien, tener relaciones sanas, ser feliz. Todo junto no siempre encaja. Estaré en deuda en alguno de esos ámbitos de mi vida que necesito cuidar. Lo más importante es conocerme y tener un contacto fluido con Dios para saber lo que quiere de mí, lo que tengo que hacer. Un mundo de relaciones en armonía, donde no vivo en guerra con nadie, no estoy enojado con el mundo y no sufro por cada cosa que no me resulta como yo esperaba. Una vida sana es una vida comprometida con mis hermanos, con los débiles, con los más necesitados. Una vida en la que pienso en todo lo que puedo dar a los demás y no me angustia que no siempre haya un equilibrio perfecto en mi alma. Necesito dormir bien para estar bien, es evidente. Comer bien para no tener un desequilibrio en la alimentación. No recurrir a las drogas y tóxicos que no me hacen bien. Meditar, rezar, hacer silencio. Necesito hacer deporte para que haya más paz interior. Y sobre todo aprender a manejar mis emociones, las frustraciones, aceptar los fracasos, no perder nunca la alegría ni el optimismo. Una vida en Dios es una vida más sana que lejos de Él. Una vida, en la que siento el afecto y el cariño de las personas a las que amo y son parte de mi hogar, es fundamental para estar bien conmigo mismo y con los demás. No sé cuántos pilares tengo que cuidar pero son muchos. No siempre estará todo en orden y cuento con ello. A veces las cosas se complican y no por ello me desespero. Habrá etapas de mi vida más difíciles en las que tendré que remar contracorriente. Habrá situaciones complicadas en las que no podré lograr todo lo que quiero. La vida es exigente siempre. Pero aun así tengo que aprender a mirar dentro de mi alma y saber lo que me está pasando. Quiero comprender que no todo va a ser como yo deseo. Decía el Papa Francisco: «Usar los tres lenguajes humanos que tenemos: del intelecto, del corazón, el lenguaje de la mano. Una educación verdadera debe armonizar estos tres lenguajes, y así tendremos a un hombre o a una mujer que siente lo que piensa y lo realiza. La armonía no es equilibrio, pero está siempre abierta al servicio». Cuando mi vida está volcada hacia los demás cambian muchas veces las prioridades. Cuando pienso en el tú más que en mí mismo. En los demás que sufren más que en mi propia comodidad. Vivo en una sociedad hedonista en la que se potencia como lo más importante que yo esté bien. Es necesario que todo me vaya bien. El bienestar es algo sagrado. Que haya orden en mi vida y paz. Por eso aparto de mí a los que me exigen y me quitan la paz. Puedo apartar a mis padres, a mis hijos, a los amigos exigentes, a los que más necesito. Blindo mi vida para que nadie esté cerca molestando mi paz interior. Esta realidad no es la que Dios quiere para mí. Desea que salga de mí mismo, que me abra al necesitado al borde del camino, que aprenda a renunciar a mis planes por los demás y deje de lado mis propios intereses para buscar los intereses de los otros. Eso es lo que Dios me pide. Ese es Dios que se hace caridad en Jesucristo y llega al hombre. Cuando dejo de pensar en mí aprendo a pensar en los demás. Cuando no busco la armonía perfecta en mi vida, sino estar atento a lo que los demás necesitan. Esa es la actitud que me pide Jesús. Dar la vida no significa guardarla con mucho esmero y cuidado. Pensar demasiado en estar yo bien me puede llevar a olvidarme de cómo se encuentran los demás. Es un camino el que tengo que hacer. Es una tensión la que tengo que vivir. Sé que tengo que estar bien para amar mejor a los demás. Pero tampoco obsesionarme con estar perfecto si con ello acabo descuidando a los demás. La vida se juega en decisiones que a veces irán contra mi bienestar. Si el único objetivo en mi vida es cuidarme me acabaré convirtiendo en un solitario saludable pero infeliz. Al fin y al cabo lo que hace de verdad felices a las personas es la experiencia de amar a los demás aun cuando ello me exija renuncias y sacrificios. La experiencia de partirme por los demás aun cuando no tenga tanta salud como quisiera. El equilibrio es imposible. La armonía es el don de Dios que le pido al cielo todos los días. Cuidarme sin descuidar a nadie. Darme sin querer guardarme para estar perfectamente sano. En tensión amar hasta dar la vida.
Me gusta detenerme a contemplar el Sagrado Corazón de Jesús. Un corazón roto que se hace morada de los corazones rotos. Porque yo en ese corazón tengo un lugar. Jesús me dice: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón». Es lo único que me dice que aprenda. Que sea manso, que en mi corazón reine la mansedumbre. Y a mí me cuesta ser manso. Esa mansedumbre que sabe escuchar, esperar, aguardar. Que no se pone nerviosa, que no se irrita ni enoja. Me gustaría ser manso ante las agresiones, ante las luchas y peleas. Manso para vivir en paz en medio de las guerras de este mundo. Anhelo un mundo mejor del que ahora veo y para eso es necesario que cambie mi corazón. Que se transforme a imagen del corazón de Jesús. Ese corazón que está roto como el mío pero es inmenso. Y dentro de él quepo yo con todas mis indigencias y problemas, con todas mis luchas enfermizas por el poder, con todas mis inconsistencias y miedos. En el corazón de Jesús puedo recuperar esa mansedumbre que nunca tuve. Quiero poner mi atención en mi corazón, en lo más íntimo y sagrado que me define. Como comenta el Papa Francisco: «Se podría decir que, en último término, yo soy mi corazón, porque es lo que me distingue, me configura en mi identidad espiritual y me pone en comunión con las demás personas. El algoritmo en acto en el mundo digital muestra que nuestros pensamientos y lo que decide la voluntad son mucho más “estándar” de lo que creíamos. Son fácilmente predecibles y manipulables. No así el corazón»[1]. En mi corazón soy original. No soy predecible. Soy único, no imito a nadie desde mi centro. No soy una fotocopia, soy yo en mi verdad más propia. Desde mi originalidad, desde mi verdad, miro el corazón de Jesús y también quiero ser humilde. Si lo fuera dejaría de afanarme por llegar más lejos, más alto, más dentro. Dejaría de intentar estar a la altura de todas las expectativas de este mundo. Siento que la humildad me haría tanto bien. Haría que mi corazón se pacificara. Porque son el orgullo y la vanidad, la soberbia y la autorreferencia los que hacen que el corazón enferme y comience guerras a su alrededor. El corazón que está enfermo no tiene paz y contagia la violencia y el odio con mucha facilidad. Un corazón herido en su orgullo es capaz de las mayores atrocidades. Si mi corazón se pareciera más al corazón de Jesús. Me uno a la oración del Papa Francisco cuando rezaba: «Ante el Corazón de Cristo, pido al Señor que una vez más tenga compasión de esta tierra herida, que él quiso habitar como uno de nosotros. Que derrame los tesoros de su luz y de su amor, para que nuestro mundo que sobrevive entre las guerras, los desequilibrios socioeconómicos, el consumismo y el uso antihumano de la tecnología, pueda recuperar lo más importante y necesario: el corazón»[2]. Si hoy Jesús, desde su corazón sagrado y herido, pudiera regalarme todo su amor. Si su fuerza me transformara en lo más íntimo de mi ser. Ese corazón en el que todo se unifica. Mi historia, mi pasado, mi presente y mi futuro. Mis miedos y mis sueños. Como María quiero aprender a guardar todas las cosas en mi corazón. ¿Cómo lo hiciste, María, para guardar tantas cosas en tu corazón? ¿Cómo pudiste, María, creer que era posible, lo imposible en tu vida? Ella creyó, confió, supo que todo tenía un sentido, que habría una salida inesperada que diera respuesta a tantas miserias y dolores. Como esa película que debe tener un final feliz cuando en medio de la trama todo parece perdido. Así es mi vida a veces y en esos momentos tengo que volver a mirar mi alma, mi vida y esperar, confiar y saber que Jesús no me va a dejar solo. Me va a mirar en lo más íntimo de mi ser y me va a recordar qué es lo más importante en mi vida. Él está en lo más íntimo de mi interior. Está fuera, aguardando para que yo le deje entrar. Quiero un corazón como el que describe el Papa: «Al mismo tiempo, el corazón hace posible cualquier vínculo auténtico, porque una relación que no se construya con el corazón es incapaz de superar la fragmentación del individualismo. Sólo se mantendrían en pie dos mónadas que se juntan pero que no se conectan realmente. Anti-corazón es una sociedad cada vez más dominada por el narcisismo y la autorreferencia. Finalmente llegamos a la “pérdida del deseo”, porque el otro desaparece del horizonte y nos encerramos en nuestra mismidad, sin capacidad de relaciones sanas. Por consiguiente, nos volvemos incapaces de acoger a Dios. Como diría Heidegger, para recibir lo divino hay que construir una «casa de huéspedes»[3]. Un corazón renovado capaz de abrirse a lo divino y a lo humano. Un corazón misericordioso y compasivo como el de Jesús. Un corazón capaz de amar lo más verdadero que hay en cada hombre cuando caen las apariencias y las máscaras y se desvela lo más sagrado de cada persona. Ante esa verdad humana el corazón que vive sano y tiene vínculos sanos, es capaz de captar lo esencial de cada persona, acoge, perdona, confía y abraza para que sanen las heridas que todos tienen. Mirar el corazón de Jesús abierto me hace bien, me da mucha paz y alegra mi alma. Mirar a Jesús a los ojos tranquiliza mi vida.
Hoy miro a Pedro. Lo miro en su traición, en su debilidad. Lo miro en su pobreza y en su grandeza. Lo miro en su traición y en su reconciliación con ese Jesús que lo ama incondicionalmente: «En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: – Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Él le contestó: – Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: – Apacienta mis corderos. Por segunda vez le preguntó: – Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Él le respondió: – Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo: – Pastorea mis ovejas. Por tercera vez le preguntó: – Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: – Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero. Jesús le dijo: – Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: – Sígueme». Siempre me conmueve esa escena junto al lago. Después de una pesca milagrosa, después de comer con Jesús, una vez más, Jesús resucitado. Y el miedo de Pedro a ese Jesús que aparece ante él para preguntarle lo más sorprendente: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Pedro amaba a Jesús. Desde que se encontró con Él en su barca y le llevó a pescar mar adentro. Cuando aún no sabía lo que significaba amar al Maestro. Lo había amado mucho, había dejado todo por Él. Pensaba que a su lado todo sería mejor, más pleno, más fácil incluso. Luego tuvo miedo porque las cosas no iban como esperaba al principio. Curiosamente el milagro fue una pesca milagrosa. Eso lo motivó para seguir a Jesús dejando las redes. No pensó en que Jesús podría convertir todas sus pescas en milagrosas. Dejó de pescar, sencillamente. Así es el amor a primera vista. Lo dejó todo, sus proyectos, sus sueños junto al lago de sus amores. Y confió en ese Jesús que no podía morir, no podía fracasar. Así inició ese camino y quiso que Jesús nunca hablara de su muerte. Como si ese final fuera imposible. Y en esa última cena quiso defender a Jesús con su propia vida. Estaba dispuesto a morir. Lo dijo en ese momento de mucha tensión. Luego todo se fue complicando. Él estaba cerca de Jesús en el pretorio. Pero entonces lo descubrieron y sintió el miedo. Le dolió el alma y pensó que no podría resistir la posibilidad de enfrentarse a la muerte. Tuvo miedo, traicionó su amor a Jesús. Dijo que no lo conocía, que no era de ellos, que no lo amaba en realidad. Renegó de su amor. Sintió el dolor de la traición en su alma. No era tan diferente a Judas, en verdad. Él también estaba huyendo. Quiso huir y la mirada de Jesús, en aquel patio lleno de gente, lo atrapó. Una mirada compasiva, llena de misericordia. ¿Creyó Pedro en el perdón? ¿Pensó que Jesús lo perdonaba de verdad? ¿Se acordaría de las parábolas de la misericordia ese día? Es posible que pensara que tal vez no había perdón para su traición. Judas estaba muerto porque no creyó en la misericordia. Pedro simplemente huyó y se escondió para salvar su vida. Pero no se alejó de sus hermanos. Sintió que con ellos podría sentirse acompañado en su dolor. Hasta que llegó este encuentro en el lago. Tres preguntas, tres negaciones, tres traiciones. El abandono y el encuentro. El abrazo que Pedro necesitaba. El amor de Jesús incondicional. Lo perdonó sin condiciones. Sólo quiso saber si Pedro lo amaba o al menos quería amarlo con toda su alma. Y Pedro se lo dijo, que lo amaba, que Él lo sabía todo. Y eso conmovió a Jesús. Porque Jesús quería mucho a Pedro. Lo amaba de forma especial. Era su hijo predilecto, la roca sobre la que quería construir su Iglesia. Porque tenía un corazón de niño, de hijo. Un corazón grande y apasionado. Un corazón que estaba dispuesto a dar su vida, y así fue, la entregó por entero. Me gustaría tener un corazón así de grande. Un corazón que estuviera dispuesto a dar la vida. Yo también me siento traidor. Siento que engaño a Jesús cuando le digo que estoy dispuesto a dar la vida por Él. Se lo he dicho muchas veces. Pero luego me engaño, no tengo fuerzas, no soy capaz de amar tanto, de ser tan dócil, tan generoso. Digo que amo pero me amo más a mí mismo. No quiero que me hagan daño, que me hieran. No quiero sufrir ni perder la vida. Lo que digo es una cosa, luego lo que hago es diferente. Me siento tan traidor como Pedro. Creo que no soy capaz de seguirle ahora. Necesito experimentar el fracaso para poder llegar al cielo. Es necesario que pierda para poder ganar, que me sienta solo para poder encontrarme. Necesito ahuyentar mis fantasmas para ser capaz de llegar más alto, más lejos. Me hundo para ser elevado. Jesús me mira como a Pedro y me dice que me ama, y me pregunta si yo lo amo a Él con toda mi alma. Sí, estoy dispuesto a intentarlo, a luchar por ese amor tan grande. Quiero amar como Jesús me ama. Él me ama de forma incondicional, mi amor no es tan generoso, ni tan grande. Soy frágil y necesito que Jesús me dé un amor como el que le dio a Pedro para ser capaz más tarde de dar la vida por Él.
Hoy miro también a Pablo como pilar de la Iglesia. Saulo era un judío fiel que cumplía toda la ley judía. Un religioso observante de la ley. Y quería acabar con los cristianos, esa secta que surgió entre los judíos y constituían un peligro para la paz de su pueblo: «Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén». Los seguidores de Jesús seguían un camino peligroso. Cuestionaban la fe de los judíos. Saulo no creía en Jesús: «Saulo seguía maltratando a los miembros de la iglesia. Entraba en las casas, sacaba por la fuerza a hombres y a mujeres, y los encerraba en la cárcel». Saulo no quería que esa secta prosperase. En la muerte de Esteban estaba allí Saulo aprobando la muerte del primer mártir cristiano: «Y Saulo estaba allí, aprobando la muerte de Esteban». Saulo perseguía a los cristianos. Mató y mandó matar a muchos inocentes. Cargaba en su corazón, en su conciencia, todas esas muertes creyendo que estaba cumpliendo la voluntad de Dios. Pero un día cayó de su caballo yendo a Damasco y todo cambió para siempre: «Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: – Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: – ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: – Yo soy Jesús, a quien tú persigues». Jesús se aparece en el camino y le anuncia que es Jesús a quien él persigue. Saulo cae en tierra y a partir de ahora ya no se llamará Saulo, se llamará Pablo. Un cambio radical. Deja de perseguir cristianos y pasa a ser uno de esos perseguidos por amor a Jesús. De condenar a Cristo comienza a seguirlo y a amarlo hasta dar la vida por Él. Así se retrata Pablo a sí mismo al final de su vida: «Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación. Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones». Ve que ha entregado su vida por Cristo después de haber derramado la sangre de muchos cristianos. Ha corrido la carrera hasta el final. Pablo se convierte en el apóstol de los gentiles. Un apóstol que alcanza con sus palabras y obras a los no judíos, a los paganos, a los seguidores de un Dios desconocido. Es un enamorado de Jesús que se sentía el último de los apóstoles, un aborto sin importancia. Este S. Pablo luchó hasta dar la vida. No escatimó esfuerzos sintiéndose pecador. Cargaría toda su vida en su conciencia la muerte de tantos inocentes. ¿Cómo podría perdonarse a sí mismo? ¿Cómo podría sentirse orgulloso de su vida cuando había causado tanto daño antes de conocer a Jesús? Pablo es un converso radical. Con la misma pasión con la que persiguió un día a los cristianos, con esa misma fuerza, siguió a Jesús hasta el fin del mundo. Me gusta este apóstol que está dispuesto a todo por amor a Jesús. Es un enamorado que no temió perder la vida. Pablo se convirtió y Jesús le dio un nombre nuevo. Pablo tiene fuego en sus palabras, en su mirada. Quisiera yo tener esa pasión por Cristo. Me gustaría estar tan enamorado como él y dejar entonces de temer por mi vida y mi bienestar. Cuando uno está enamorado todo lo demás pasa a un segundo plano, importa mucho menos. Tener una amistad especial con Jesús es el verdadero camino de santidad. Pablo experimentó la misericordia de Jesús. Se le apareció en el camino y cambió su vida. Lo miró con misericordia y le recordó lo que estaba haciendo. ¿Por qué me persigues? ¡Cuánto amaba a Saulo! Lo siguió por el desierto y lo tiró de su caballo para atraerlo hacia su corazón. Lo amaba mucho y no quería perderlo. Me gustaría que Jesús me tirara de mi caballo. Me gusta pensar que está dispuesto a seguirme por caminos equivocados tratando de retener mis pasos y cambiar el rumbo de mi vida. Así fue con Pablo. Lo buscó, lo amó, lo miró a los ojos, le habló al corazón y le pidió que le entregara la vida sin miedo. Había acabado con muchas vidas y ahora Jesús le pedía su propia vida para Él. A veces siento que me acomodo y me aburgueso en el seguimiento de Jesús y me falta la pasión de los conversos. No avanzo, no crezco, me siento muy débil y frágil. Y me gustaría caerme de mi caballo, de mi comodidad, de mis deseos. Sentir que un amor muy grande me derriba de mis seguridades. Quiero dejar de buscarme a mí mismo. Dejar de pensar sólo en mi bienestar. Es tan fácil que el amor se reblandezca cuando no es radical. Dejo de aspirar a más y me conformo con lo que tengo. Vivo de satisfacciones momentáneas que no me dan una alegría permanente y me quitan el anhelo de ser santo. Ya no sueño con las estrellas y mis ideales los olvido. Como si nunca hubiera escuchado la llamada de Dios en mi corazón. Jesús me mira, me habla en susurro. Necesito mirar y escuchar su voz suave. Quiero guardar silencio para saber lo que Dios desea de mí. Caerme del caballo es el comienzo de mi vida, tan sólo el primer paso de un camino nuevo. Supone comenzar a mirar a Jesús en lugar de mirar lo que me inquieta.
La Iglesia une en una sola fiesta a sus dos pilares, sus piedras fundamentales. Dos apóstoles seguidores de Jesús cada uno con sus talentos y heridas. Los dos traicionaron a Jesús. Los dos se arrepintieron y sintieron un amor predilecto de Jesús. Se supieron profundamente amados por Dios y no dudaron a partir de ese momento. Entregaron su vida y son pilares. No porque nunca hubieran cometido errores, ni pecados. Sino porque supieron levantarse y luchar. Y es que la santidad no consiste en no cometer pecados. Lamentablemente peco de forma continua. Mis deseos me esclavizan. Mis pensamientos me hacen juzgar y condenar a los demás. Dejo de hacer el bien pecando por omisión. Mis palabras no siempre unen, dividen, tensionan y hieren. Peco casi sin darme cuenta. De forma continua hago el mal y elijo acciones que no me llevan a Dios. Si la santidad consistiera en no pecar no podría ser santo. No todo en mí es virtud. Hay muchas carencias y resentimientos. Me siento herido y hiero. Me siento solo y hago daño. Creo que la verdadera santidad tiene que ver con reconocer la propia miseria y pedirle a Dios una fuerza que me impulse a salir de mi pobreza para llegar a tocar el cielo en la tierra. Es saber que la santidad es un don, una gracia que recibo del cielo. Como ese ángel que apareció en la cárcel donde estaba encerrado Pablo para liberarlo: «Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos». La salvación se me regala por pura misericordia, no como consecuencia de todos mis méritos. Porque las obras de Pablo y de Pedro no eran suficientes para merecer el cielo. Ellos simplemente se dejaron hacer y pusieron su vida en las manos de Dios. La montaña del cielo no se escala. La ascensión no es a fuerza de voluntad. Es un don, una asunción, soy llevado a lo alto del cielo. Por ese motivo la llamada de Dios es a vivir con alegría el presente que tengo ante mis ojos. Decía el Papa Francisco: «Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias»[4]. Estoy llamado a ser feliz en medio de mis cruces. No puedo caminar sin cruz, es inherente a mi vida limitada. Todo en mí es límite y los límites siempre duelen. Duele el alma que quiere el infinito y se conforma torpemente con gotas finitas. En lugar de buscar una alegría imperecedera, se arrastra por el suelo deseando unas gotas de satisfacción pasajera. Si pudiera permanecer alegre en medio de todas las vicisitudes del camino. Los santos fueron alegres. No hay santidad triste. Porque cuando vivo arraigado en Dios, confío. Y cuando vivo confiado, todo es más fácil y mis pasos son más livianos. Me gustaría llevar el cielo en mi mirada y algo de Dios en mis palabras. Quisiera decir siempre lo correcto y unir en lugar de crear nuevas guerras. Quisiera ser prudente y respetuoso. Tierno y cercano sin herir a nadie. Y, cuando caiga y me confunda, quiero aprender a pedir perdón de verdad, sin guardar yo rencor por las heridas recibidas. Quisiera soñar con metas inalcanzables. Y reconocer mi pobreza para comenzar un camino nuevo. Aceptar las críticas, reconocer los errores, caminar sin miedo más allá de los límites que me dan seguridad y confianza. Creer en los milagros sin sentir que mi vida está perdida. Reconocer mi pobreza y asumir que el que me salva y juzga es el Señor y yo sólo soy un instrumento en sus manos. Docilidad y mansedumbre. Alegría y sencillez. Parece tan sencillo estar siempre alegre. Tan fácil estar seguro de la victoria final de Dios en mi vida. Quisiera ser santo a la manera de Dios, no a mi manera. Asumir que Pablo y Pedro son los dos pilares fundamentales y los dos cometieron muchos errores y cargaron con sus culpas toda su vida. Pero no perdieron la alegría ni la pasión. No se desenamoraron al ver su propia pequeñez. Vieron siempre los milagros de Dios en sus vidas y sonrieron agradecidos por tanto bien recibido.
[1] Carta encíclica dilexit nos, Papa Francisco, sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo
[2] Carta encíclica dilexit nos, Papa Francisco, sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo
[3] Carta encíclica dilexit nos, Papa Francisco, sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo
[4] Papa Francisco, Evangelium Gaudium