Proverbios 8, 22-31; Romanos 5, 1-5; Juan 16, 12-15
«Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir»
15 junio 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Quiero conmoverme al escuchar el Evangelio. Sentir que la presencia de Jesús me sigue incomodando porque no estoy a la altura de lo que puedo hacer y dar por amor a todos»
La forma como enfrento la vida habla de mi madurez afectiva, de mi crecimiento interior. Cuesta educar el corazón para que sea resiliente, para que sepa enfrentar las contrariedades y tenga una gran capacidad para tolerar la frustración. Porque ahí se decide mi felicidad, mi alegría y la forma cómo hago las cosas. Dicen que las personas que tienen un amor propio sano son capaces de reconocer sus defectos y aceptarlos. No es tan sencillo, tiendo a ocultarlos, los enmascaro y oculto. No dejo que salgan a la luz. A veces ni siquiera soy capaz de reconocerlos. Como si fueran una invención de alguien. Como si no hubiera defectos en mi corazón. Pero no es así. Hay defectos y son muchos. Sufro por ellos cuando soy consciente de lo que me limitan. Me hacen daño mis defectos y quisiera que desaparecieran. La autoeducación me ayuda a mejorar en esas áreas de mi vida en las que soy más débil. Cuando no sé estar solo, o no enfrento con alegría y entusiasmo los desafíos. A lo mejor cuando de pequeño me quitaron los obstáculos del camino para que no sufriera, para que no me turbara al enfrentar los problemas. Al mismo tiempo, cuando veo y acepto mis defectos, también quiero estar dispuesto a que no me afecte que me traten de acuerdo con ellos. Eso es humildad. No me importa que los demás vean mi vulnerabilidad y me traten de acuerdo con lo que ven. ¿Seré capaz de aceptar el juicio y las críticas de los que ven mis deficiencias? No es tan fácil. Junto con mis defectos soy capaz de ver mis virtudes. A menudo me resulta difícil señalar mis virtudes, destacarlas y reconocerlas. Digo que no hago bien tal o cual cosa y aquello que es mi talento queda oculto. Porque no soy capaz de valorar lo que sí hago bien y reconocer aquello en lo que sí soy bueno. Cuando me acepto en mis virtudes y defectos estoy dispuesto a recibir las críticas que me hagan. No me importa que me critiquen, acepto lo que me digan. Reconozco que puede que tengan razón en sus juicios. Y si no lo tienen, esa humillación me servirá para ser más humilde, siempre es tan difícil. Las críticas me ayudan a vivir con los pies en la tierra, porque es peligroso vivir de los halagos que no hacen más que hinchar mi ego y hacerme sentir mejor que los demás. Cuando estoy feliz con mi forma de ser, con mis debilidades, con mis talentos, soy capaz de mirar a mi hermano y alegrarme de sus éxitos. No vivo comparándome. No espero que me traten como a los demás. De mi éxito en la vida no puedo depender para ser feliz. Habrá siempre muchos obstáculos que no controlo y que pueden hacer que no logre los éxitos que persigo. Quiero ser capaz de alegrarme con el que sí triunfa. Alabar al que hace algo bien. Reconocer sus méritos y talentos. Aplaudir sus logros porque sé que de esa forma esa persona y yo seremos más felices. Al mismo tiempo puedo acércame con libertad al que no ha logrado éxitos en su vida. Aquel que ha fracasado y está tirado al borde del camino es mi prójimo. Quiero ser capaz de empatizar con él y tener compasión. Veo su limitación y quiero ponerme a su altura, detenerme a su lado y ser compasivo. No tengo prisa por llegar al final de mis logros. Soy capaz de perder mi tiempo con aquel que más lo necesita. A su vez reconozco mis errores. Cuando tomé alguna decisión equivocada, cuando hice algo mal, cuando no estuve a la altura de lo que otros esperaban de mí. En esos momentos me disculpo porque no he podido hacer bien lo que me encargaron. En ese momento veo que la vida no es tan sencilla para nadie. No es posible hacer todas las cosas bien. Ojalá tuviera las herramientas para lograr lo que quiero. Confundirme, fallar, caer, no alcanzar la cima de mis sueños forma parte de mi camino de maduración. Estoy en camino, siempre voy creciendo, soy historia por hacer. Tengo defectos y la vida ha sido muy generosa conmigo. No necesito sentirme por encima de los demás. No es imprescindible que haga todo bien para sentirme valorado. Dios me ama como soy, en mi pobreza y pequeñez, en mis defectos y virtudes. Me quiere tal y como soy y eso me alegra profundamente. La incondicionalidad en el amor es la base de la autoestima. No tengo que ganarme cada día el amor de todo el mundo. No es necesario que me valoren por aquello que hago hoy. Es toda mi vida la que cuenta. No sólo el éxito de ahora o el fracaso de ayer. Hay muchos altibajos. Hay muchos obstáculos y muchas puertas que se abren para permitirme el paso.
Me quedé pensando en las palabras que escribía Jorge Luis Borges en Los justos: «El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. El que prefiere que los otros tengan razón. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo». Tres afirmaciones demasiado hondas, demasiado complicadas para que yo las entienda. Por lo general no justifico al que me hace daño. Lo acuso, lo difamo incluso, hablo mal de sus intenciones aún sin conocerlas. Porque no sé lo que le pasa a una persona que me hace daño. Desconozco lo que está viviendo y juzgo tan solo guiado por las apariencias. Engañan los ojos que no ven lo que hay en el corazón de cada persona. Quisiera justificar al que me hace daño, aun cuando peque de demasiado inocente. Prefiero justificar su maldad y buscar razones para su comportamiento. Algo habrá sufrido, algo le habrán hecho. Cargará con un peso que yo desconozco o estará demasiado abierta la herida del desamor en su alma. Justificar a mi hermano, incluso cuando ese hermano sea Caín y yo el mismo Abel. Y llegara a justificar mi propia muerte. Porque no es fácil entender las razones que le llevan a alguien a hacer el mal. A obrar contra ese bien que toda persona tiene grabado en su corazón como un don de la inocencia. Justificar es comprender, aceptar, acoger. No se trata de decir que está bien el mal que ha hecho o que es bueno ese daño irreparable. No es eso, es mirar con ojos de misericordia, es comprender más allá de lo incomprensible. Es ahondar en el alma herida que hiere, en el dolor del que causa un dolor espantoso. Es ir más allá de mi amor propio que quiere la venganza y guarda resentimiento. Es buscar el don de la misericordia que me lleve a perdonar desde mi humildad lo que parece imperdonable. Porque todos los hombres llevan el pecado en su herida. Porque he nacido roto y yo mismo causo daño a otros, conscientemente e incluso sin saberlo. Porque la vida es injusta con todos y no tengo derecho a juzgar a nadie por sus actos incluso cuando esos mismos actos me parezcan censurables y reprobables. No soy Dios para medir el corazón de ningún hombre. Para emitir un veredicto que determine la sentencia definitiva sobre su vida. Me gusta esa actitud del que justifica. Algo habrá motivado su conducta, por alguna razón habrá actuado de esa manera. No lo entiendo, no lo comparto, no lo apruebo. Simplemente no condeno al que obra haciéndome daño. El otro paso es igual de complicado. Aceptar, permitir que otro tenga la razón y yo la pierda. Dejar que sean otros los que hayan hecho las cosas de forma correcta. No perder la paz interior y la alegría defendiendo mi punto de vista. No importa si pierdo la razón mientras mantenga la paz y la alegría en mi alma. Mi amor propio y mi orgullo no pueden tener el peso en mi corazón. Puedo renunciar a esa vanidad de estar siempre en lo correcto. A veces me veo luchando para que me den la razón. Que lo digan, que lo afirmen, que expresen que soy yo el que está en lo correcto, parezco decir con mis gestos o con mis palabras. Todo es vanidad. Eso no es lo importante. La realidad es como es y ante ella yo sólo puedo reaccionar aceptándola y tomando las decisiones que correspondan en cada caso. Como decía Viktor Frankl: «Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias- para decidir su propio camino. Cada momento es una elección. Por muy frustrante, aburrida, limitadora, dolorosa u opresora que sea nuestra experiencia, siempre podemos decidir cómo reaccionar. Y por fin empiezo a entender que yo también puedo decidir. Darme cuenta de eso cambiará mi vida»[1]. Yo decido cómo reaccionar en cada momento de la vida. Elijo el camino que me hace más libre. Y quizás la postura más difícil es la que comenta Borges: Ser capaz de ignorarme. Dejar que me ignoren, pasar desapercibido, desaparecer de este mundo en el que solo importa lo que se ve, lo que destaca, lo que se oye, las apariencias. Ser ignorado es una actitud que me conmueve. Dejar que no sepan, que no conozcan, que no me valoren y aplaudan. Vivo buscando el éxito. Que todos sepan lo que valgo. Los que se ignoran a sí mismos, los que pasan desapercibidos, son los que salvan el mundo. Los que hacen obras de amor sin que nadie las conozca. Los que renuncian en el silencio de esta vida, en la noche que oculta la luz del sol. Los que se ignoran para que otros sean reconocidos. Los que dejan los lugares importantes a los demás siendo ellos ninguneados. Los que no buscan la luz de los focos ni desean que su vida sea tomada en cuenta. Quisiera tener ese valor. En este mundo en el que sólo parece contar lo que se ve, lo que se hace público, lo que es reconocido por todo el mundo. Lo que se ignora no se ve. El que deja que los demás destaquen parece no contar. Y es ese bien oculto el que cambia el mundo. Como la muerte de Jesús en la cruz que nadie de los que están viéndolo valora como un acto heroico, salvo ese soldado, Longinos, que comenta que verdaderamente era el Hijo de Dios, aun sin ver nada. Me gustaría tener la humildad de los que se ignoran, de los que se niegan a sí mismos. La personalidad de los que renuncian al reconocimiento para vivir amando en el silencio de esta vida.
Me han hablado muchas veces de la resiliencia. De esa capacidad para mantenerme enfocado y atento en circunstancias muy adversas. Para no perder la esperanza en esos momentos en los que parece todo perdido. ¿Esa actitud es innata o se educa? ¿Puedo crecer en fortaleza mental para enfrentar momentos delicados en mi vida? Una persona compartía su testimonio después de haber perdido sus dos piernas con veintitrés años en un accidente. Esta persona, Josafat, veinte años después, hace vida normal, camina, corre, se casó y tiene dos hijos. Supo luchar en circunstancias muy adversas para salir adelante. Su testimonio me conmovió. Al verlo pensaba en mis propias limitaciones, tan pequeñas en comparación con las suyas. Él miró la vida con una sonrisa desde aquel accidente que cambió su vida para siempre. Abrió nuevos senderos cuando se cerraban otros. Le quitaron posibilidades y brotaron otras opciones en su camino. A veces creo que la única forma de ser feliz es una muy concreta. Y cuando no salen las cosas como espero, me desespero. Me hará falta una buena dosis de resiliencia, de fortaleza mental para enfrentar los desafíos de esta vida. Como leía el otro día: «Y significó aprender a redefinir mi trauma, a ver en mi doloroso pasado una prueba de mi fortaleza, mi talento y mis oportunidades para crecer, en lugar de una confirmación de mi debilidad o mis heridas»[2]. «No puedo cambiar el viento, pero sí puedo tensar las velas», leía también. Y es cierto, las circunstancias son las que son, hay muchos factores que influyen en el desarrollo de los días. Pueden pasar cosas inesperadas o pueden aparecer personas que lo cambien todo. Puedo tomar decisiones equivocadas o incluso, decidiendo lo correcto, no llegar al lugar soñado. Resiliencia para no hundirme en medio de mi pobreza, de mis heridas que me han dejado roto. Capacidad para seguir luchando cuando todos a mi alrededor me aconsejen parar y darlo todo por perdido. La esperanza se yergue como una palabra poderosa. Nada puede derribar la torre de mi confianza. He puesto en Dios todos mis sueños y creo que puedo subir más alto, llegar más lejos. Decía el P. Kentenich al hablar de la oración: «Nosotros, hombres de hoy, tenemos de todas maneras la disposición para una continua aridez, porque nuestras almas ya no presentan la necesaria fortaleza»[3]. Quiero tener la fortaleza para no venirme abajo ante las circunstancias que me hostigan. No estoy dispuesto a dejarme llevar por la primera tormenta que amenace mi futuro. Creo en el poder de las convicciones. Si yo no creo en mí mismo, en lo que hay en mi interior, ¿a quién le puedo exigir que crea? Es cierto que a veces son otros los que ven en mí un poder que yo ignoro. No me valoro como me valoran los que me aman. Y creo que lo hacen precisamente por eso, porque me aman y son buenos, y no quieren que sufra. No basta, no es así. Al pensar en aquel hombre sin piernas vi lo fácil que me dejo vencer por la vida. Estoy cansado, digo y justifico mi negligencia. Ya he dado bastante, pienso y dejo de darme a los demás con la misma fuerza. Otros lo tienen que hacer ahora, yo ya lo he dado todo y es mentira, aún me queda mucho por dar en el corazón. No voy a lograrlo, me confieso, cuando en realidad puedo intentarlo, da igual si al final caigo derrotado, al menos lo habré dado todo hasta el final. Miro a esa persona y pienso que lo que a mí me preocupa es insignificante. No tengo motivos para estar triste ni desanimado. Tantas personas a mi alrededor sufren mucho más que yo. Sus vidas están más limitadas o sus días más contados por la enfermedad que cargan. Y sonríen, y lo viven todo con pasión. Una madre enferma de cáncer me decía al hablarme de su cáncer: «Es lo mejor que me ha pasado. Ha cambiado mi vida. Me ha hecho valorar lo verdaderamente importante y dejar a un lado todo lo demás. Ahora estoy viendo a Dios cara a cara». Me conmovieron sus palabras. Tal vez yo no sea capaz de ver a Dios cara a cara como lo veía ella. Me cuesta reconocerlo en mi camino y poder decir que una enfermedad es lo mejor que me haya podido pasar. Y creo que me falta mucho para estar a esa altura, para tener esa mirada que me parece tocada por el amor de Dios. Me gustaría no quejarme por las pequeñeces de mi camino y comprender que Dios me ha dado demasiado en mi vida. Me ha colmado de bendiciones y no me puedo quejar por nada porque todo es un don inmenso del que sólo puedo estar agradecido. Vendrán momentos duros y entonces no quiero perder la sonrisa, ni la alegría profunda que nada ni nadie me podrá quitar. Creo que el cielo me llena de luz cuando camino entre sombras. Y será capaz de darme toda la fuerza que necesito para no desistir, para no desesperar en el camino. Me pongo metas por delante y lucho por ellas. Creo que puedo cambiar y lo doy todo para hacerlo mejor. Creo en la victoria final y no dejaré de correr para darle la vuelta a los resultados negativos. Dios puede hacerlo todo posible.
Este domingo me detengo a contemplar el misterio de la Santísima Trinidad. Tres Personas y un solo Dios. El pueblo de Dios conoce el rostro de Dios a través de la historia. Se le muestra cómo es su Dios. Mi Dios se hace historia. Aparece en mi propia historia. Son tres personas que se manifiestan cada una en su grandeza. Me gusta pensar en este misterio y ver cómo se ha manifestado en mi propia vida. La primera Persona de la Trinidad es el Padre. El Dios Padre que conozco a través de Jesucristo es un Dios misericordioso. Un Dios todopoderoso. Un Dios amante que me ha creado por amor y me guía por amor. «El Señor me creó al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remoto fui formada, antes de que la tierra existiera. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Aún no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales; cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como arquitecto, y día tras día lo alegraba, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, y mis delicias están con los hijos de los hombres». Un Dios que no se desentiende de mi propio camino, no me olvida, no me deja tirado en el camino. Sale a buscarme y me guía. Piensa en mí desde el principio de mi vida, desde que fui concebido en su pensamiento. Me ha creado como esa creatura a la que amar. Lo primero que puede decir el cristiano de Dios es que es un Padre bueno. Como el de ese hijo pródigo que sale al camino esperando a que vuelva. O como es Padre que es un pastor bueno que busca a la oveja perdida. Un Padre que todo lo puede y aun así permite que sucedan cosas malas en mi vida. No todo lo que recibo en mi camino es bueno. ¿Me lo manda Dios? ¿Lo permite? ¿Por qué no detiene el mal para que no me haga daño? Son preguntas que cuestionan la identidad de ese Dios misericordioso. Si es tan bueno ¿por qué no cambia la realidad para que me favorezca? Un Dios lleno de bondad, que me ha creado a su imagen y semejanza y por eso yo tengo algo en mi alma de su bondad, de su amor, de su misericordia infinita. Para creer en un Dios así tengo que haberme topado desde niño con ese Dios. Lo habré hecho en mi hogar, con mis padres, con ese maestro, con ese hermano o hermana, con esa familia que me mostró el amor de un Dios que no se desentiende nunca de mi vida. Es un desafío muy grande ser padre, porque mis hijos van a buscar en mí a Dios y van a encontrarlo. Ya sea con los rasgos de un Dios misericordioso o con los rasgos de un Dios juez, duro, lleno de ira. La imagen de Dios queda grabada en mi alma desde niño. Porque cuando soy niño busco a alguien por encima de mí que me salve de mi fragilidad. Me siento pequeño, débil, indefenso, pobre y necesito que haya alguien por encima de mí que me solucione todos los problemas. A veces los padres son ese Dios que evita problemas. Protegen en exceso, salvan a sus hijos de las desgracias, no dejan que sufran pérdidas, quieren favorecerlos para que se sientan felices. Esos hijos crecerán con la imagen de un Dios que todo lo soluciona. Casi que se creyeron que rezando a ese Dios todo les iba a ir bien siempre. Si lo pedían con fuerza, Dios quitaría los obstáculos de su camino y serían felices. No tropezarían, no estarían solos, no fracasarían. Esos niños, al crecer, verán que ese Dios de su infancia que vieron en sus padres, no viene en su ayuda cuando lloran, cuando gritan, cuando suplican. Ese Dios que sus padres les hicieron creer que existía, realmente no existe. Es otro Dios el que me ha creado. Un Dios bondadoso, sí, pero que no me libera del mal, no me exime del sufrimiento, no evita mis frustraciones. Las permite. Y en esa permisión, eso sí, no se desentiende, no me abandona, no me deja solo en ningún momento. Me gusta ese Dios que yo he vivido en mi familia, en mis padres, ese Dios que he conocido de niño. Un Dios bueno, un Dios presente, un Dios que me deja libertad para tomar mis decisiones y poder equivocarme. No hace todo lo que le pido. No siempre me salva de los peligros. Pero luego siempre me socorre en mis caídas y me sostiene con fuerza para que no tenga miedo, para que no sufra. Ese Dios Padre es el de mi propia historia. Lo he visto dentro de mi alma. He escuchado su voz silenciosa en mi corazón. Me ha pedido que siga lo que vibra en mis entrañas. No se desentiende de mis pasos. Quiere que sea pleno, feliz y busca el mejor camino para que pueda darme a los demás de acuerdo con mi manera, con mi forma de hacer las cosas, según mis talentos. No está ausente sino presente, no está escondido sino visible. Está a mi lado para decirme que mi vida vale la pena, que mis sueños se harán realidad tal vez no como yo los había soñado, pero que no lo dude nunca, mi vida es eterna y seré feliz siempre, hasta el cielo. Esa certeza recorre mis entrañas y me alegra el alma. Sé que no puedo cambiar las circunstancias para que se amolden a mis deseos. Y sé que el Dios en el que creo me va a sostener también en esos momentos en los que me sienta solo y abandonado.
La segunda Persona de la Trinidad es el Verbo. Se hace carne el Verbo y habita en medio de los hombres. Ese Dios misericordioso, ese Padre que sale a buscarme al camino, no se contenta con eso. El Verbo de Dios habita en mi carne para mostrarme el camino de la salvación. Jesús me quiere enseñar a vivir, a amar, a dar la vida. El Dios cristiano se hace carne en María. Ama a los suyos. Sana tocando. Sus palabras tienen vida eterna. Ama hasta el extremo. Introduce una nueva forma de vivir, de entender el amor. Abre un nuevo camino para los que quieran seguir sus pasos. Hoy escucho: «Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda». Cristo no me defrauda. Su Salvación sucede en el árbol de la cruz. Allí Jesús me perdona, me ama, me eleva y le da sentido a mi vida. Los cristiano siguen a aquel que se les ha aparecido en el camino. Así sucede en mi vida. Miro mi historia personal y veo sus huellas, su presencia, escucho su voz. Vino a mi vida para enseñarme a vivir de una manera diferente. Vino para darme la esperanza que a veces perdía. Vino para recordarme que hay una manera nueva de caminar, de vivir, de amar. Me gusta ese Jesús que viene a mi vida a salvarme, a elevarme por encima de todos mis miedos y preocupaciones. ¿Por qué tengo miedo si Jesús vive en mi alma, si me busca cada vez que me pierdo, si sus palabras se hacen vida en mi pecho? No quiero dudar, no quiero temer. Quiero confiar en ese amor humano que abrazó a los suyos y hoy me abraza a mí, que también soy suyo. El rostro de Jesús se dejó ver. Su voz tenía un tono que los suyos reconocían. Le puso palabras a la voluntad de Dios Padre. Salvó y cuidó a los que su Padre le había confiado. Me mostró en Él el propio rostro de Dios. ¿Cómo puedo vivir sin mirarlo cada día? No puedo vivir sin esperanza, sin paz. Jesús ha venido a mi vida a darle un sentido. Me ha proyectado, me ha enseñado a caminar de una forma diferente. Decía Santa Teresita del Niño Jesús: «Vuestros brazos, oh Jesús mío, son el ascensor que ha de elevarme hasta el cielo. Para esto no necesito crecer, sino al contrario, quedar pequeña, achicarme cada vez más. ¡Oh, Dios mío, habéis superado cuanto podía yo esperar, por eso quiero cantar vuestras misericordias». Me gusta ese caminito que me propone esta santa. El pequeño camino. No tengo que ser magnífico en mis talentos y dones. No tengo que hacer obras maravillosas. Me basta con dejarme hacer por el amor de Dios. Eso me basta. Jesús me toma en sus brazos y me eleva hacia el cielo. Sólo tengo que ser niño, como tantas veces dijo, tengo que confiar en el amor de Dios, tengo que creer que sólo desde la humildad es posible acariciar las estrellas. El ascensor es Jesús, es el camino más directo al Padre, al cielo. El otro día leía algo que me dejó pensando: «¿Qué está ocurriendo en la Iglesia, que a los cristianos nos preguntan cómo nos afectan las palabras del Papa y ya casi nadie nos pregunta cómo nos afectan las palabras de Jesús? ¿Qué está ocurriendo, que los católicos parecen más capaces de celebrar la presencia del Papa que la presencia de Jesús?»[4]. Es cierto que el Papa es Cristo en la tierra. También los cristianos somos el rostro visible de Dios para los que no creen. Y tengo tanta responsabilidad por hacer creíble mi fe con el testimonio coherente, humano y divino de mis obras. Eso es cierto, pero quiero aprender a celebrar más a Cristo en mi vida. Y quiero que me cuestionen esas palabras de Jesús en el Evangelio que me hacen dudar de mi propia coherencia. Quiero que Jesús me interpele y me conmueva. Quiero que sus palabras no me dejen indiferente. No quiero que, cuando celebre la eucaristía, permanezca indiferente ante ese misterio que lo cambia todo, porque Cristo está vivo en mi vida, en mi alma. Quiero conmoverme al escuchar el Evangelio. Sentir que la presencia de Jesús me sigue incomodando porque no estoy a la altura de todo lo que puedo hacer y dar por amor a los que me rodean. Jesús ha venido para quedarse en mi camino. Las huellas que sigo son las suyas y están vivas, recientes sobre la arena. Su voz no se ha apagado, aun cuando parezca que sigue hablando en el desierto. Su olor, su rostro, sus manos, las tengo presentes en mi corazón. En los que como el Papa hacen visible hoy su rostro. Y en ese silencio en el que su voz es más fuerte. Sé que, al aprender a callar, no puedo dejar de escuchar su voz. Sus preguntas. Sus gritos. No puedo dejar de sentir que su amor me abraza por la espalda y me dice que no tenga miedo, que confíe, que sueñe con dar la vida cada mañana. Quiero dejarme hacer por ese Jesús que me conoce, me llama por mi nombre y me invita a dejar todo lo que me ata, para correr a su lado sin ataduras, sin esclavitudes, sin miedo.
La Tercera Persona de la Santísima Trinidad es el Espíritu Santo. Dios quiere inhabitar dentro de mi alma. Quiere tomar posesión de mi corazón. En la fuerza del Espíritu se hace presente en mi interior: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado». El amor de Dios se derrama en mi interior a través del Espíritu Santo. Quiere Dios que aprenda a amar como Él me ama. No lo consigo porque mi amor es muy mezquino. Amo con cuentagotas. Doy solo si a mí me dan a cambio. Doy mientras no me duela. En cuanto me duele dejo de amar. Y así no es el amor de Jesús que amó hasta la muerte en la cruz. Ni el amor de ese Dios Padre que me ama de forma incondicional, haga lo que haga, sea como sea. Me ama y me busca. Desea estar conmigo aun cuando yo no quiera estar con Él. Ese amor supera todas mis expectativas y mis sueños. Me gustaría ser amado de esa forma aun cuando yo no sea capaz de amar así a nadie. ¿A quién amo de esa manera incondicional? ¿Quién me ama como Dios me ama? Haber experimentado ese amor de Dios en el amor humano es lo que me salva. Cuando nadie me amó así desde niño, ¿cómo puedo salir adelante? ¿Cómo puedo aprender a amar si siento que nadie me ama de forma personal y única? Me han utilizado o me han amado siempre y cuando les diera lo que esperaban. Cuando fallé y no estuve a la altura me abandonaron sin perdón, sin misericordia. El amor de Dios es grande. Es imposible. Leía el otro día que Anthony Hopkins dijo en una ocasión: «Vivimos en un mundo donde el funeral es más importante que a quién se entierra, donde el matrimonio vale más que el amor, y donde la apariencia cuesta más que el alma. Formamos parte de una cultura de envoltorios brillantes y ruidosos, pero vacíos. ¿Y el contenido? Pocos lo buscan ya». ¿Será así? ¿Se ha vaciado mi corazón de todo amor posible? Sigo creyendo en el amor para siempre, en la eternidad de mi sí y en la fidelidad de mi entrega. Pero creo no porque tenga fuerzas humanas que me permitan estar seguro, sino más bien porque soy pequeño y sé que sólo la fuerza del Espíritu Santo dentro de mí puede cambiarlo todo. Él puede hacer que comprenda mi camino como hoy me dice Jesús: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará». El Espíritu Santo vendrá sobre mí y me regalará una sabiduría que viene del cielo. Decía el P. Kentenich: «Nuestras capacidades internas estarán en sintonía con la realidad sobrenatural en la cual el Dios Trino impera y triunfa»[5]. Quiero vivir en el mundo sobrenatural. Sin perderme en la superficialidad de este mundo terreno en el que vivo disperso. Porque todo a mi alrededor está desordenado y yo voy corriendo como pollo sin cabeza intentando llegar a todas las exigencias de este mundo. Mi familia, mi trabajo, las exigencias del mundo. No lo consigo porque siempre hay algo más que puedo hacer. Hay algo que todavía no logro. Y siento que la vida espera más de mí, exige más. Así son las cosas en este mundo en el que vivo perdido. Y Dios quiere habitar en mi interior para hacerme morada de su Espíritu. ¿Dejo que entre atravesando las paredes y las puertas cerradas? Depende de mí, no ya de las circunstancias. Soy yo el que abro o cierro, yo el que vivo hacia fuera o hacia dentro. Mi vida es una búsqueda de la felicidad. He puesto mi paz en cosas que escapan a mi control y por eso sufro tanto. He puesto mi corazón en el camino, en cualquier cosa que parecía prometerme una felicidad plena. No lo he conseguido y sigo buscando fuera de mí. S. Agustín me lo recuerda en sus confesiones: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti». Es la riqueza de ese Dios que puede habitarme cuando miro en mi interior y me abro a su presencia. En lugar de vivir volcado sobre la belleza de tantas cosas que no me dan la paz verdadera ni la felicidad plena.
[1] Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido
[2] Edith Eger, La bailarina de Auschwitz
[3] J. Kentenich, Hacia la cima
[4] José Antonio Pagola, Arturo Asensio Moruno, El camino abierto por Jesús. Juan
[5] J. Kentenich, Hacia la cima