Evangelio según San Juan, capítulo 14, 27 – 31a.

Martes de la quinta semana de Pascua

 

Jesús dijo a sus discípulos: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: ‘Me voy y volveré a ustedes’. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean. Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.”

 

Meditación de Juan Francisco Bravo Collado

 

“… mi paz… no como la (que) da el mundo…”

 

Es como si Jesús dijera: “No tengas miedo. Yo traigo paz. Y la paz que doy no es la paz del príncipe de este mundo. No es la paz que te hace sentir bueno, que te identifica con algo o que se entiende con la cabeza. No. La paz mía es contradictoria: la de la bandera dividida, del Dios crucificado, del Rey que entra en burro, del santo que es tratado como criminal, del que lleva una corona que no es de oro sino de espinas, de los que pescan cuando ya no hay esperanza, de los hijos pródigos que son recibidos con fiestas, de las prostitutas que se gastan la limosna en bálsamo para los pies, de los ladrones bienvenidos en el paraíso…”

 

Pienso en un amigo queridísimo que no tiene fe, y que ha buscado a Dios con valentía y dedicación, pero no lo ha encontrado. Me rompe el corazón. Siento desaparecer la esperanza de mí. No me cabe en la cabeza (ni tampoco en el corazón) el nivel de sufrimiento que él ha experimentado en silencio. Me cuesta no tener miedo, porque la paz que yo he encontrado en Jesús es inexplicable. Es fe: fe desnuda; pura y dura. Y, si bien mi fe no resiste análisis, también debo reconocer que sin ella la existencia completa se me volvería intolerable. Pido aprender a llevar esta fe tan llena de contradicciones.

 

Jesús, te pido por mi amigo que te busca. Revélate ante él. Muéstrate. Ten compasión. Yo no sé cómo puede ser que alguien te busque con tanta diligencia y no te encuentre. Gracias por mostrarte a mí con tanta claridad y nitidez que, incluso, cada vez que te confronto en medio de dudas me doy cuenta de que simplemente no puedo negar tu existencia en mi vida. Gracias por la fe gratuita e inmerecida que me das, por mostrarte como mi amigo.  Ayúdame a saber llevar mis propias contradicciones y, por lo que más quieras, dale una salida de esperanza a mi amigo que te busca tanto y que no logra hallarte. AMÉN