Eclesiástico 15, 15-20; 1 Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley»

15 febrero 2025    P. Carlos Padilla Esteban

«Soy el que soy gracias a mi pasado, a mis derrotas, a mis fracasos y heridas. Soy como soy porque he sufrido, porque me ha costado salir adelante en medio de muchas tormentas»

La resiliencia es la aceptación activa de la realidad que me toca vivir. A veces se confundo la resiliencia con la resistencia, pero no es lo mismo. Resistir es oponer fuerza, como un muro que intenta que el viento no lo derribe. Pero la verdadera resiliencia es como el junco. Este se dobla hasta que parece no poder más, porque acepta la fuerza del viento, no lucha contra lo inevitable. Ser resiliente no es vivir las cosas difíciles como si no pasara nada. Escondiendo la cabeza bajo la tierra. No se trata de negar la realidad o minimizar los daños que estoy sufriendo, o los problemas que tengo. No consiste en dar razones espirituales, apelando a la voluntad de Dios. Cuando algo no me sale bien no me engaño, reconozco el dolor. Acepto lo que ha pasado, y el hecho de que me duela. Lloro, grito, me enfado. Asumo la dura verdad de la derrota. Y aun así, no me hundo, porque sé que ese dolor no va a tener la última palabra en mi alegría. El dolor de la pérdida, de la ausencia, de la derrota, del fracaso. Acepto la herida sin permitir que la rigidez del dolor bloquee el movimiento de mi alma hacia los demás, hacia el cielo. No dejo de sonreír, no me amargo ante la contrariedad, no dejo de confiar en lo que puede venir de ahora en adelante. No pienso en cuando todo esté mejor, sino en el presente. Y es que vivir con un sentido es lo que enciende el motor del resurgimiento. Viktor Frankl, siquiatra que vivió en un campo de concentración, decía que quien tiene un porqué para vivir podría soportar casi cualquier cómo. La resiliencia se profundiza cuando encuentro un propósito en medio de la dificultad. En los momentos de crisis, la pregunta no es: ¿Por qué me pasa esto esto a mí? ¿Por qué justamente ahora? La pregunta es más bien: ¿Para qué puedo usar esto que tanto me duele? Tal vez mi fragilidad actual es el camino para entender la fragilidad de otros. Aceptar mi dolor es comprender el dolor que otros sufren. La resiliencia me enseña que el sufrimiento, cuando se ofrece y se llena de sentido, se convierte en un lugar de encuentro con Dios. La resiliencia no es un acto solitario, aislado, un acto de la voluntad. Existe el mito del héroe solitario que puede con todo y no necesita a nadie para salir adelante. Pero la resiliencia humana es profundamente comunitaria. Necesito unos hilos que me sostengan cuando mis propias fuerzas fallen. Ser resiliente también es tener la humildad de pedir ayuda al que está a mi lado, mostrarle la grieta de mi muro, la fragilidad de mi fortaleza. Hay que ser muy humilde para reconocer que no puedo hacer algo solo. Sé que le pertenezco a Cristo, soy parte de un mismo cuerpo, y Él es quien me sostiene. Sé también que, cuando un miembro sufre, todos sufren con él. Si yo sufro, muchos sufren conmigo. Quiero profundizar en la resiliencia, que se construye sobre relaciones sanas y profundas que me sirven de red para que la caída no sea tan dolorosa. Dios mismo se hace presente a través de la mano del amigo, del médico que me ayuda a sanar, del familiar que me da un lugar en el que reposar, del que me ama y acepta mi debilidad en los peores momentos de mi vida. Ser resiliente tiene que ver con mi capacidad de seguir luchando hasta el final y no pensar nunca en rendirme. No tiro la toalla cuando todo a mi alrededor me hace creer que será imposible llegar a la meta, alcanzar esa cumbre tan lejana que añoro. En esos momentos de cansancio, de dolor, escucho una voz en mi interior que me recuerda: – Sí, se puede. Aunque otras muchas voces me digan que no lo voy a lograr. Eso no importa, me mantengo fiel, firme en medio de la batalla. Creo que se puede conseguir salir de los peores momentos si me mantengo fiel y no dejo de luchar, de confiar, de esperar. La persona resiliente no abandona el partido si aún tiene fuerzas para seguir luchando. Si aún tiene tiempo para revertir los resultados. Cree en sus posibilidades y se esfuerza por esperar, por aguardar, por luchar hasta que no quede nada en su interior. Se desgasta con el fin de conseguir su objetivo. No se conforma con la derrota que está viviendo. Confía en la victoria que parece casi imposible. La resiliencia no consiste en volver a ser quien era antes de la herida, sino ser alguien nuevo gracias a ella. Porque el dolor de las caídas, la realidad que me contraría, me hacen daño, me duelen. Es duro si choco al caer al suelo, o contra una pared o con una roca. Es la dureza de la realidad con la que me confronto. Y esa herida, que surge de esa confrontación, no va a desaparecer tan fácilmente. No la tapo, no la escondo. Todo lo contrario, vuelvo a nacer a partir de la herida y me convierto en una persona diferente. Soy el que soy gracias a mi pasado, a mis derrotas, a mis fracasos y heridas. Soy como soy porque he sufrido, porque me ha costado salir adelante en medio de muchas tormentas.

Me conmueve la película Hamnet. Una obra de arte en la que la escritora trata de acercarse al corazón de William Shakespeare y a su esposa Anna, en el libro llamada Agnes. La muerte prematura de su hijo Hamnet, con sólo 11 años, marca un antes y un después en sus vidas. Agnes conoce, al tocar la mano de las personas, lo que hay en su corazón, en su cuerpo e incluso puede ver algo del futuro. Ella misma ha visto que en su lecho de muerte habrá sólo dos hijos. Por eso el miedo la invade cuando nacen, después de su primera hija, unos gemelos en lugar de sólo un hijo. Y el miedo a perder a uno de ellos se apodera de su corazón. El miedo a perder es grande cuando el corazón ama mucho. Muestra una manera diferente de vivir el dolor cuando este llega. William parece huir refugiándose en el trabajo, en escribir obras de teatro en Londres y en hacer dinero. Agnes se refugia en su campo, oculta al mundo, enraizada en su bosque. Cada uno vive el dolor de manera diferente, los dos solos. Y más tarde la autora interpreta que la obra Hamlet es un reflejo del dolor de William por la muerte de su hijo. Es necesario canalizar el dolor para que no se enquiste y acabe quitándome la vida. Es fundamental hacer el duelo, dejar salir las lágrimas, el llanto y el grito que desgarra el corazón por una pérdida tan injusta y dolorosa. La obra que sale de la pluma de William acaba siendo la transformación del dolor más desgarrador en algo que ofrece belleza y consuelo al mundo. «El amor no muere; se transforma». Esta es la gran premisa de la película. No es solo un consuelo, es algo que sucede. El perdón no consiste en borrar lo que pasó, sino en permitir que ese dolor se transforme en algo nuevo. La verdadera resiliencia no consiste en olvidar lo que he perdido, sino en darle un nuevo lugar en mi vida. Es permitir que la ausencia se convierta en una forma de presencia distinta. Como el grano de trigo que muere para dar fruto, mis heridas, cuando las entrego con amor, pueden convertirse en refugio para otros. De mi herida puede salir el verdadero propósito de mi vida. De ese dolor de padre tan inmenso brotó una obra de arte que conmueve y lleva a las lágrimas. Esa última escena del protagonista de la obra de teatro, muriendo ante los ojos desolados de Agnes, es desgarradora. Ser o no ser, es la fragilidad de la vida. Hoy estoy aquí lleno de vida y mañana desaparezco. Agnes quiso esquivar la muerte con sus medicinas hechas con pociones heredadas de su madre. No consiguió salvar a su hijo, sí pudo salvar a su hija. La muerte se lo llevó, como a su propia madre y ella no pudo retenerlo. No es fácil reconocer la impotencia para evitar que la enfermedad acabe con la vida. Ella que era capaz de sentir la enfermedad y el dolor no pudo salvar a quien más quería. El drama de la obra es que la pérdida no los une como esposos, los separa. Siguen caminos por separado y sólo se encuentran en una mirada que atraviesa el escenario en la escena final. Sólo una mirada bastó para que se comprendieran, para que se amaran en silencio, entre lágrimas. Ella no pudo detener la muerte. Y él le dio vida a su hijo en una obra maravillosa rompiendo el candado de la muerte. Su hijo viviría para siempre en una tragedia magnífica. Mostrarme débil y vulnerable, herido y lleno de dolor, me acerca a quien amo. Cuando me enquisto en mi orgullo no dejo que nadie se acerque a mí y pongo una barrera. Es lo que ellos hicieron durante mucho tiempo echándose en cara tantas cosas. Sólo desde la humildad y el reconocimiento de mi verdad puedo acercarme con paz a quien amo para atravesar juntos la puerta del dolor. Y es que William hizo su camino. No dejó de pensar en su hijo: «Me parece que me pregunto constantemente dónde está. A dónde se ha ido. Es como una rueda que gira sin cesar en la parte de atrás de mi mente… Todo lo que tengo que hacer es encontrarlo». Estas palabras de William muestran la búsqueda humana del sentido tras la pérdida. Son esos pensamientos recurrentes que no me dejan pasar página. El arte y la fe son las herramientas para detener esa rueda y encontrar la paz en un lugar distinto: en el corazón y en la trascendencia. Hay una puerta abierta a la esperanza en la mirada última entre los esposos. Podrán construir algo nuevo, podrán rehacer su matrimonio que está tan destruido. En las lágrimas compartidas por un dolor que los arrasa por dentro. Agnes comprende a William, lo descubre y lo ama más al escuchar en boca del protagonista todo el dolor que sentiría como padre por la pérdida. Y es que, ocultarme o aparentar que no pasa nada y que la vida sigue, no da respuesta al grito desgarrador del alma. Quisiera acabar mencionando una frase en labios de Agnes: «Creció con el recuerdo de lo que significaba ser amado adecuadamente: por lo que eres, no por lo que deberías ser». Esa frase habla del amor verdadero. Así se sintió ella amada por su madre biológica que murió siendo ella una niña. Así ella quiere amar a sus hijos. El verdadero amor es el que me quiere por lo que soy y no me pide continuamente que me convierta en quien no soy y que tal vez nunca seré.

Dios me da libertad para elegir. Puedo elegir el bien o el mal, hacer daño o cuidar a quien Dios pone ante mí: «Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras. Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera. Porque grande es la sabiduría del Señor, fuerte es su poder y lo ve todo. Sus ojos miran a los que le temen, y conoce todas las obras del hombre. A nadie obligó a ser impío, y a nadie dio permiso para pecar». Dios no me da permiso, pero me permite elegir. Deja que opte por el bien o siga el camino contrario. Pone ante mis ojos la posibilidad de amar o de odiar, de hacer el bien o el mal. Sé que la vida es muy corta y soy esclavo de mis propias decisiones. El mal me envenena, igual que todo lo que me quita la paz. Lo que elijo oír, lo que opto por ver, lo que me hace daño y lo que me hace bien. No estoy determinado desde niño para hacer el mal o el bien. Pero es cierto que todo influye en mi comportamiento. Lo que veo que otros hacen. El bien que realizan, el mal que evitan. Son los demás modelo para mi conducta. No siempre acertaré al ver comportamientos desde fuera, no conoceré sus intenciones, no sabré lo que perseguían. Pero aun así juzgaré. Es demasiado fácil juzgar los comportamientos que no son el mío. Aunque luego el mío también lo juzgo, me salvo a mí mismo o me condeno, me alabo o me critico. Es fácil ver la realidad y no dejarla ir ante mis ojos. Es como si el mundo me pidiera mi opinión y yo no pudiera negarme a dársela. ¿Qué piensas de esto, o de esto otro? ¿Qué opinas de lo que esta persona hace o deja de hacer? Y yo entro en el juicio, me dejo llevar por lo que los demás piensan y les digo lo que veo, lo que creo, lo que me parece. No siempre es oro todo lo que reluce. Ni es pecado todo lo que aparenta ser pecaminoso. No siempre los que ríen están alegres. Ni los que no sonríen están tristes. Hay una apariencia que me dificulta ver la realidad. Y luego, cuando la veo y la juzgo, saco mis conclusiones. ¿Seguiré a los que hacen el bien o me dejaré convencer por los que se alejan de Dios haciendo el mal? Me seduce el pecador para que yo caiga en su pecado. Y me doy cuenta entonces de la debilidad de mis principios, de las bases de mi vida. ¿Qué es aquello en lo que creo? ¿Cuál es mi fe y cuáles mis principios que nunca dejarán de ser importantes en mi vida? Lo que de verdad vale e importa y lo que me es indiferente, superficial, o accidental. Lo que es esencial para que mi vida tenga sentido. A veces me veo confesando pecados demasiado pequeños y oculto u olvido otros que marcan mi vida. O hacia Dios o en dirección contraria. Confieso con frecuencia que falté un domingo a misa y olvido confesar ese juicio mío, vertido sobre una persona. Ese juicio que dañó su fama y extendió la difamación. Confieso mi debilidad para mirar a una mujer con pureza, pero no confieso el daño que le hago a los que trabajan conmigo con mi violencia, con mis gritos, con mi impaciencia, con mi arrogancia. Soy capaz de ver la debilidad en el corazón que tengo ante mis ojos y no logro reconocer mi fragilidad ante Dios. No tengo más pecados, pienso, creyendo que todo lo hago más o menos bien, como cualquiera. Sepulcro blanqueado, me diría Jesús al verme. Orgulloso de ser perfecto. Feliz de tener una mirada que salva al mundo. Como si mi vida fuera tan importante, o lo que yo pensara o dijera. Incoherencia, es el pecado que confieso con humildad cada vez que me miro y veo ante mí el abismo entre el que soy y el que creo que podría llegar a ser si le dejara a Dios un espacio en mi vida. Pero no es así, me he convertido en un juez implacable con los demás y en un blando al considerar pequeño mi propio pecado. Hacer el bien o el mal, elegir lo que construye o lo que destruye, salvar una vida o condenar otra, abrazar o golpear, elogiar o criticar, alabar o insultar. Puedo siempre elegir entre dos caminos. El que me hace bien y el que me duele por dentro. Hay dos espadas que puedo elegir para luchar en el bando de Dios o en el del mal por aquello que no me conviene. Llevo toda la vida tomando decisiones equivocadas y algunas acertadas. Y me siento con autoridad moral para aconsejar a otros. Sepulcro blanqueado, incoherencia entre lo que digo y lo que hago. Quisiera siempre hacer el bien, aunque el camino sea más difícil y traiga consecuencias no deseadas. Las exigencias duelen en el alma. Quisiera levantarme sobre mis cimientos cada vez que es el mal el que se impone. Mirar al cielo arrepentido y confesar con dolor mi culpa. Pedir perdón y empezar a construir limpiando todo lo que he manchado con mis palabras, con mis gestos y obras. No siempre haré las cosas bien, lo tengo claro, porque la fragilidad de mi alma es manifiesta. Me gustaría levantarme cada mañana con el deseo de empezar una hoja en blanco que me muestre que es posible rehacer la vida para siempre. Puedo construir un mundo mejor, una historia más santa. Puedo sanar heridas y ayudar a muchos a encontrar el sentido de sus vidas.

En la película Hamnet, se habla del trabajo de los guantes: «Solo se muestra lo hermoso, la parte más pequeña; mientras que por debajo hay un entramado de trabajo, habilidad, frustración y sudor». Al igual que el bordado en unos guantes, mi vida pública o mi luz, es solo una pequeña parte. Lo que realmente sostiene mi vida es ese entramado invisible de oración, de lucha diaria con el propio carácter y de pequeños actos de voluntad que nadie ve, pero que dan fuerza a todo lo demás. Los éxitos no se logran si esfuerzo, sin sudor, sin renuncias. A veces creo que si llego lejos será gracias al talento, gracias a lo que no me cuesta nada hacer. Eso cuenta, por supuesto, pero hay mucho más. El guante parece una obra magnífica de arte, pero es sólo la superficie lo que veo. Por dentro hay un entramado. Como sucede con el tapiz que muestra un bello paisaje. Pero por detrás hay muchos nudos e hilos y no hay orden, sólo un caos. Mi vida hacia fuera muestra algo. Una belleza o una fealdad que los demás ven. Detrás de la apariencia hay mucho esfuerzo, mucho trabajo, mucha vida. Lo que vende es lo que se ve. No se valora tanto lo invisible, lo que permanece oculto bajo la piel, en mi historia. Mis esfuerzos y renuncias no son valorados. Las horas pasadas trabajando en la sombra. Las derrotas que he sufrido sin que hayan sido noticia. Las penas y las alegrías vividas en mi cuarto, a solas, conmigo mismo. Tengo claro que muestro una parte muy pequeña de mí. Incluso al mostrarla trato de ser valorado, apreciado, querido. Intento no desilusionar ni disgustar a nadie. Para caer bien, para ser aceptado. A veces le doy más valor a lo que se ve, que a todo lo demás que es invisible a los ojos. Mi sufrimiento, mi espera, mis miedos, mi cobardía. Muestro muy poco a menudo porque no estoy convencido de gustar, de agradar. Me escondo detrás de unas letras, de una imagen, de una música. ¿Quién es el verdadero yo que está ahí escondido? No importa mucho, lo que prima es lo que se ve. Yo mismo quiero ocultar lo feo, el sudor, lo sucio, lo impuro. Que vean sólo lo que está sano, bello y limpio. La pureza, la verdad. Como si la verdad tuviera que ser siempre bella. A menudo es dolorosa, me hace sufrir, y hasta me hiere. Miro a Jesús y busco en Él incluso el rostro afable del buen pastor, o el radiante del predicador, o el compasivo del hacedor de milagros. Y me cuesta más el otro, el sufriente de la cruz. Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura 1945, escribía: «¿De qué quiere Usted la imagen? Preguntó el imaginero: – Tenemos santos de pino, hay imágenes de yeso, mire este Cristo yacente, madera de puro cedro. Depende de quién la encarga, una familia o un templo. O si el único objetivo es ponerla en un museo. Déjeme, pues, que le explique, Lo que de verdad deseo. Yo necesito una imagen de Jesús El Galileo. Que refleje su fracaso intentando un mundo nuevo. Que conmueva las conciencias y cambie los pensamientos. Yo no la quiero encerrada en iglesias y conventos. Ni en casa de una familia para presidir sus rezos. No es para llevarla en andas cargada por costaleros. Yo quiero una imagen viva de un Jesús Hombre sufriendo. Que ilumine a quien la mire el corazón y el cerebro. Que den ganas de bajarlo de su cruz y del tormento. Y quien contemple esa imagen no quede mirando un muerto. Ni que con ojos de artista sólo contemple un objeto. Ante el que exclame admirado ¡Qué torturado más bello!». Me conmovió este poema. Yo también quiero ver a ese torturado tan bello. Que me exprese lo que sufre, lo que ama y lo que siente. Que me deje ver sus lágrimas y todos sus sufrimientos. Prefiero ver en las personas sus batallas perdidas, todos sus fracasos, sus inseguridades y sus miedos. Sus cobardías, sus incoherencias. Sus pecados más absurdos y su orgullo tan herido. Quiero ver al hombre que es hombre, igual que en Jesús lo humano. Para sentir que aún me queda algo de esperanza. Que Dios podrá hacer milagros con mis tejidos manchados, con mis maderas cortadas, con mi agua sucia y negra. Dios podrá hacer esos milagros y contará con mi esencia. No con el que podría ser si me esforzara más, sino con el que soy por mucho que me esfuerce. Me gusta ese Jesús con apariencia difícil, lleno de heridas y olvidado. Un Jesús odiado por sus seguidores y por los que no lo amaban. Un fraude de salvador, un perdedor auténtico, un don nadie que será olvidado en una tumba abandonado, traicionado por su amigo. Creo que tengo que querer un poco más esos hilos sin orden de mi alma, ese batiburrillo de intentos fallidos que es mi aspiración a la santidad, ese sinsentido de esos pecados fétidos que abruman mi conciencia. Quiero querer más a ese que no se muestra, a quien escondo, porque me da miedo el juicio de los hombres más que el del mismo Dios. Quiero que mi vida sea brillante y trato por todos los medios de evitar cualquier fracaso. Hoy le pido a Dios que me enseñe a quererme. Tanto como quiero el rostro ensangrentando de Jesús el Nazareno. Que me enseñe a respetar los procesos y los tiempos, lo que fluye oculto bajo la tierra como esas aguas que no veo. A valorar lo escondido y no desear que siempre lo que se vea, sea lo que brille. Estoy dispuesto a ser humillado por aquellos que desprecien lo que ven de mi alma herida. Los insultos y difamaciones, los desprecios y abandonos. Estoy dispuesto a aceptar esta vida que no es mía, sino sólo un don de Dios para acercar a los hombres a ese misterio escondido de Jesús, a quien yo amo. Hoy me arrodillo feliz ante ese Jesús que mira entre sus ojos hinchados y su rostro desfigurado, y me dice que me ama, a mí mismo, en mis heridas.

Pienso en la dicha que trae la integridad frente a la fragilidad. Cuando me mantengo firme, íntegro, tengo más paz y soy más feliz: «Dichoso el que camina en la ley del Señor, Dichoso el que, con vida intachable, camina en la voluntad del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón. Tú promulgas tus mandatos para que se observen exactamente. Ojalá esté firme mi camino, para cumplir tus decretos. Haz bien a tu siervo: viviré y cumpliré tus palabras; ábreme los ojos, y contemplaré las maravillas de tu ley. Muéstrame, Señor, el camino de tus decretos, y lo seguiré puntualmente; enséñame a cumplir tu ley y a guardarla de todo corazón». Ser intachable no significa ser perfecto o no tener limitaciones físicas o miedos. No quiere decir que nunca vaya a caer cuando lo intente. Va más allá. Significa caminar con un corazón unificado, donde lo que digo y lo que vivo es una misma cosa. En lo cotidiano mi integridad se pone a prueba continuamente. No tanto en los grandes éxitos, sino en la paciencia con la que acepto mis propias debilidades. La verdadera dicha es seguir buscando a Dios de todo corazón, incluso cuando el camino se vuelve estrecho. Jesús me dice hoy: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego». Quiero que se me abran los ojos, deseo pedir la gracia de ver la mano de Dios en lo pequeño, en sus mandatos, en sus deseos. Quiero aprender a leer la vida no como una serie de accidentes, sino como un diálogo constante con mi Dios que me ama con locura y no me suelta de la mano. Él me hace íntegro y yo me dejo hacer por su gracia. No a fuerza de voluntad, sino de docilidad para hacer lo que me pide. Porque quiero estar firme en mi camino para cumplir sus decretos. Cumplir Su palabra es el alimento que me permite caminar sin perder el ritmo del Espíritu, guardando siempre sus deseos en lo más profundo del corazón. Ser íntegro tiene que ver con hacer más de lo que me piden. La magnanimidad es ese corazón grande que no se queda en la letra del mandato sino que va más allá. No me conformo con el mínimo, estoy dispuesto a dar más. No se trata de no matar, sino de no ofender, herir, caer en la ira o en la violencia. No hace falta llegar a los extremos para sentir que he sido infiel a los mandatos de Dios. Si amo de corazón me fijaré en los detalles, porque son los que importan. Los detalles pequeños, los que valen. La infidelidad consiste en mirar a una mujer deseándola, aun cuando no pase nada con ella: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Ya ese pensamiento me aleja de Dios. A veces me fijo sólo en la letra y no encuentro pecado en mi interior, cuando continuamente estoy pecando de pensamiento, de deseo. Estoy dejando de ser íntegro cuando no aspiro a lo máximo y me conformo con los mínimos en el cumplimiento. Seguir a Jesús es algo más grande que los mismos mandatos. Porque estos existen para que me acerque a Dios. No me detengo en lo que no puedo hacer. Los mandatos de Dios me dan luz: «Hablamos de sabiduría entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios». Es la sabiduría de los hijos de Dios. De los que se saben amados por Él. La integridad que me pide Dios es la de permanecer unido a Él siempre, también cuando caiga o me aleje. No soltarlo nunca de la mano. No avergonzarme cuando me haya revolcado en el lodo. No sentirme el peor de todos porque Dios sigue mirándome con misericordia. Es la integridad del que tiene principios firmes en su corazón que se mantienen también en las caídas y fracasos. Esa integridad del corazón indiviso, que no se divide en dos, que no se apega al mundo alejándose de su amor, y misericordia. El corazón íntegro es casto, es uno, es de Dios y de los hombres a los que ama en Dios. No se puede dividir, no puede ser realmente infiel, no tiene precio por el que se pueda comprar su voluntad. Ese corazón es el que deseo, un corazón noble, de una pieza, que no se conforme con cumplir ciertos preceptos, sino que desea permanecer siempre anclado en el corazón de Dios. Así quiero vivir yo, volcado en Dios, atado en el Espíritu, porque en su presencia todo es más fácil. Cuando me aleje, Él me llamará para que vuelva, y yo lo haré con un corazón humilde que ha experimentado las derrotas. Pero feliz por volver a casa.

Hoy Jesús me habla de ser generoso, de tener un corazón grande y no mezquino. Me invita a regalar paz a todos y a unir con mis palabras, mis silencios y mis gestos. Por eso hoy me dice: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda». A veces hay personas que no saben de qué confesarse. No encuentran pecados en su alma. Más bien ven que el mundo está contra ellos y ellos son inocentes. Cuando no soy capaz de ver mi debilidad, cuando no aprecio mi incapacidad para hacer el bien, quiere decir que algo en mi alma no está en orden. No es posible que todos estén contra mí sin motivo. La vida no siempre es injusta, soy yo el que con frecuencia lo soy. Y miro todo con suspicacia. Hoy Jesús me lo pregunta, ¿hay alguien que tenga algo contra mí? Puede que no lo sepa, que no lo haya percibido. Pero seguro que hay alguien herido junto a mí por mis juicios, por mis desplantes, por mis silencios y omisiones, por mis palabras que hieren. Puedo que alguien no me perdone, me tenga rencor y sienta resentimiento. Jesús me pide que deje la ofrenda en el altar y me acerque a mi hermano buscando el perdón, la reconciliación. Es tan fácil separar, tan fácil entrar en una guerra. Es fácil decir lo que pienso con orgullo y acabar así hiriendo a aquel que está a mi lado. Puede que yo tenga la razón, eso nadie me lo quita. Pero en mi forma de reaccionar puedo perder toda la razón que tenía. No puedo entregar la ofrenda en el altar si alguien tiene quejas contra mí. No puedo vivir en guerra y al mismo tiempo comulgar como si nada pasara en mi vida. No puedo mirar mi corazón y decir llanamente que no tengo pecados. ¿Acaso me he vuelto insensible? «Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo». Quiero aprender a unir, a reconciliarme, a crear vínculos sanos, a hacer que la comunión en mi vida sea posible. Los unos con los otros, sin rencores, sin envidias, sin rechazo. Que mis ojos no me hagan pecar, me dice Jesús. A menudo juzgo por los ojos, me quedo con lo que veo y lo malinterpreto. O me dejo llevar por mis sentidos. Brota la envidia de mis ojos. Me dice Jesús que me saque los ojos antes que pecar por su culpa. Y lo mismo me dice de mi mano derecha. ¿Qué miembros de mi cuerpo me hacen pecar? Los sentidos me llevan al pecado. Me dejo llevar por ellos y me alejo de Dios. Hoy Jesús me invita a vivir en paz con mi hermano. A no sembrar cizaña con mis actitudes. Me pide que no peque, y que si peco, pida perdón y busque la misericordia. No quiere que jure: «Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno». Que cuando diga sí, sea sí y cuando diga no, sea no. Esto me habla de una transparencia que no necesita adornos. Si vivo en la verdad no tengo que reforzar mis palabras con promesas solemnes. Mi propia vida es la garantía de lo que digo. No quiero usar el nombre de Dios en vano. O hablar de cosas que no puedo controlar porque soy limitado y no controlo el tiempo, ni nada de lo que sucede. Jesús quiere que siembre paz y esperanza con mi vida. Que no me limite a cumplir lo que la ley dice. Hay mucho más, es mucho más el bien que puedo hacer. Más grande. La labor que tengo ante mis ojos. Quiere que no desuna, que no rompa la paz, que no utilice a las personas para mis intereses personales. Que sirva con amor y de forma desinteresada. Que busque el bien de los demás, antes que el propio. Que ceda y que no sea mi orgullo el que me haga quedarme en mis posturas sin abrirme a lo que dice mi hermano. Quiere que mis ojos no me conduzcan al pecado, ni mis manos, ni mis pies. Puedo vivir sin un miembro pero no pecando, ni alejándome de Dios en mi vida. Quiere que sea honesto y dé lo que tengo, sin prometer más de lo que puedo asegurar. Que diga sí cuando sea sí, y no cuando sea no. Que no mienta, que no engañe. Que siempre la verdad sea la que domine en mi corazón. Que no me deje llevar por esas mentiras que parecen ayudarme a encajar en el mundo, pero que no me hacen feliz de ninguna manera. Quiero tener el corazón en paz, cerca del cielo y anclado a los hombres. Perdonando siempre, no guardando rencor. En el sermón de la montaña Jesús me muestra un camino de vida que es más grande, más elevado y supera cualquier mandamiento, porque el mandamiento más grande es siempre el del amor.