Isaías 58, 7-10; 1 Pablo a los Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16
«Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos»
8 febrero 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Quiero ser libre para no esperar halagos y alabanzas cuando hago simplemente lo que tengo que hacer, como ese siervo fiel que sigue las órdenes de Dios. Cuesta ser fiel en lo pequeño»
Mis obras, mucho más que mis palabras, son las que realmente me definen. Lo que hago con mi vida, lo que voy conquistando, las decisiones que van marcando mi camino. Mucho más que esas palabras que salen rápido de mi boca, pero no tienen efecto. Las palabras se olvidan, se las lleva el viento. No siempre es tan fácil decidir lo correcto, lo que trae un bien a los demás, lo que edifica. El otro día veía una película sobre un jugador de ping pong, Marty Supreme. Me sorprendió que el protagonista fuera un personaje que te cae mal a lo largo de toda la película. Un hombre sin escrúpulos, narcisista, que sólo busca conseguir lo que él desea, aunque sus decisiones acarreen desgracias a los que les rodean. Actúa y no se hace responsable de ninguno de sus actos. Como si todo lo que hace fueran escalones en su ascenso hacia la gloria. Lo único que le importa es conseguir su meta, su sueño, convencido como está de que es el mejor jugador de ping pong que existe. A veces no puedo evitar verme un poco reflejado en esa carrera frenética por ser el mejor, por destacar, por ser validado por el mundo. En ocasiones, como Marty, me convenzo de que mi valía depende de un golpe perfecto, de un título mundial o de que el mundo entero reconozca mi nombre y me admire. Me pongo una máscara de seguridad, quiero ser supremo, para que nadie vea lo frágil que me siento por dentro. Marty vive obsesionado con la técnica, con el control absoluto de la pequeña bola blanca. Pero el corazón no es un algoritmo que se pueda predecir. Marty intenta maquillar su soledad y sus deudas con arrogancia. Y detrás de lo que él muestra sólo hay desolación y tristeza. ¿Cuántas veces intento que mi vida parezca perfecta por fuera mientras por dentro hay ruido y gritos, angustia y desesperación? La verdadera victoria no consiste en derrotar a todos los contrincantes, sino en tener la humildad de aceptar mi verdad desnuda, aceptar que soy pequeño y débil. Reconocer que me equivoco y que es precisamente entonces cuando me sé profundamente amado por Dios. Marty corre por todo el mundo buscando un lugar en el que no se sienta derrotado, en el que pueda ser reconocido en su valor. Él intenta comprar una dignidad que ya tiene por ser quien es, no por lo que logra. Busco el éxito para que nadie me inquiete, para que me den su admiración como premio. Pero la paz que no se defiende es la única que permanece. Marty cree que su propósito en la vida es ganar y quizás su verdadero propósito sea aprender a perder sin perderse a sí mismo. ¿En qué éxitos estoy poniendo mi seguridad hoy? ¿Soy lo suficientemente humilde para reconocer mis derrotas, mis fracasos, mis debilidades y heridas? ¿O bajo un aparente orgullo maquillo todo con arrogancia? Marty no evoluciona en la película, sigue tomando decisiones que me dejan perplejo y triste, porque todo lo que hace causa daño a los que le rodean. Sólo la última escena me deja ver a un protagonista humano, vencido, que deja abierta una puerta a la esperanza. Dios no espera a que sea el mejor, invencible, para abrazarme por mis logros. Él acaricia mis temores más hondos y reconoce mi belleza incluso cuando para mí solo hay sombras alrededor. No necesito ser héroe para que mi vida tenga sentido. Sólo basta con ser dócil al querer de Dios en medio de mis desastres. No quiero maquillar mi vida. No quiero obsesionarme con que se cumplan mis planes y proyectos sin importarme la vida de los que me rodean. Dios me quiere humilde, pobre, derrotado, vencido. Ve en mí al niño escondido bajo apariencias. Me duele la mirada arrogante de Marty y no me gusta verme reflejado en él, no quiero mirar así, ni vivir así. No quiero que mi vida sea el centro y todos los demás instrumentos para ser feliz antes que ellos. No quiero pasar por la vida dejando heridos a mi paso, personas que se han sentido utilizadas por mí. Quiero pensar en los demás, buscar su beneficio y no el mío. Que no parezca que todo lo que hago es para sentirme yo pleno, para mirar con orgullo las metas alcanzadas. No quiero ser un narcisista que se aprovecha de las personas para conseguir las victorias que desea. Mis obras son las que me definen. Mis decisiones marcan el camino. Hablan mucho de mí, de cómo soy, de lo que hay en mi alma.
A veces siento que los que de verdad son santos tienen una idea de la vida que no se corresponde con lo que yo vivo. Quizás sueñan más alto o están más libres. Leía el otro día: «La libertad de haber respondido al Señor preguntándole: – ¿Qué quieres, Señor, que hagamos ahora, ahora mismo, esta tarde?, porque quizá el Señor quería que esta tarde lo dejáramos todo, sin acabar de leer la página empezada, sin acabar de escribir el poema iniciado, sin acabar de disfrutar, de ultimar, de completar, el más puro amor de nuestra vida, que quizá esa misma tarde nos acompañaba, y nosotros oíamos la voz discontinua del Señor diciendo: ¡Eso también!, ¡deja eso también!, ¡déjalo todo! Todo cuanto tienes. Eso era lo que el Señor quería que dejáramos, y al dejarlo y en el dejarlo, nuestra libertad y cada uno de vosotros se identificaban y eso éramos: un gran vacío proyectado al futuro»[1]. Esa libertad interior me parece que viene de otro mundo, que no es la mía que vivo más esclavo que libre. Yo no actúo así, no vivo así. Que Dios me pida soltar me parece inhumano, porque amo mucho, me vinculo mucho. ¿Para qué quiere que me ate, me arraigue, me vincule, dependa, eche raíces si luego me pide que lo deje todo y lo siga? ¿Qué sentido tiene amar si luego me quita a quien amo y se lo lleva a su lado, a una vida mejor, según me dice? ¿Para qué me da un corazón que tiende al reposo si me llama continuamente a no quedarme estancado en el mismo lugar sin mirar al cielo? ¿Por qué me da una vida tan plena si luego me la quita y me hace sentirme vacío de golpe? Yo quisiera tener esa actitud tan libre y valiente. Ser capaz de ponerme en movimiento venciendo mis barreras naturales, mis miedos, mis reservas, mis prejuicios. Sin llegar a acabar la página empezada, sin poder lograr escribir el poema comenzado, sin llegar a disfrutar de lo que estaba disfrutando. Tanta libertad me conmueve. ¿Cómo podré ser tan libre como para entregarlo todo sin miedo cuando me lo pidan? Como si estuviera a punto de salir de viaje, de emprender una nueva aventura. En pie, firme donde estoy, aquí y ahora, pero dispuesto a ponerme en camino hacia la próxima parada. Así son los peregrinos. Siempre con la mirada puesta en las cumbres más altas, en los destinos más lejanos. Siempre buscando el sol detrás de las nubes, sin miedo, con esperanza. La libertad tiene algo que me cautiva. Ese corazón anclado y libre, con raíces y con alas. Esa actitud que veo en ciertas personas al mirar su vida, al contemplar las desgracias, al medir los desastres, al acariciar las pérdidas. Con la túnica puesta, como los judíos aquella noche de Pascua, listos para ponerse en camino. Siento que me pesa mucho la carga sobre los hombros. Y me atan mis pecados y dependencias. ¿Qué busco cuando busco el bien de mis hermanos? ¿Los busco a ellos para amarlos sin reservas o me busco a mí mismo? ¿Son completamente puras mis intenciones cuando amo, cuando sirvo, cuando me entrego? Me gustaría decir que sí. Que soy igual que Jesús que se entregó sin poner barreras. Cuando se dio a los hombres amándolos hasta el extremo. Abrazó sin retener. Quiso sin buscarse a sí mismo. Quiero vivir con libertad y veo que me importa mucho lo que el mundo piensa de mí, lo que espera de mi vida, de mi vocación, de mi entrega. Como si tuviera que pagar una cuenta impagable, un precio desorbitante que no logro conseguir. La libertad nace del corazón. Me gustaría ser libre ante el futuro para no vivir con aprensión y miedo por los cambios que puedan venir y que yo no vislumbro. Libre para darme sin reservas, sin calcular cuánto recibiré a cambio por mi amor entregado. Sin buscar réditos, beneficios, ni ganancias. Me gustaría ser más libre para amar sin pretender que todo siga igual con el paso del tiempo. Libre para no esperar halagos y alabanzas cuando hago simplemente lo que tengo que hacer, como ese siervo fiel que sigue las órdenes de Dios. Cuesta tanto ser fiel en lo pequeño. Es tan difícil hacer lo que Dios me pide, saberlo con precisión y ejecutarlo sin miedo. Me ato con mucha facilidad y busco el reconocimiento. Me duelen las críticas y los comentarios negativos que ponen en duda mi valía. Quiero ser más libre, para no depender de los demás y no esperar a que todos me busquen, me quieran y me admiren. La vida es muy corta para vivir esclavo. Quiero la libertad de los hijos de Dios, los hijos de la luz, que miran confiados el cielo porque le han dado todo lo que tienen a Dios. Confían, esperan, aguardan y caminan con alegría al encuentro de Dios en sus vidas. Cuando me desprendo de antemano de lo que poseo soy más libre para darme sin miedo y caminar hacia dónde Dios me llama. Quiero vivir así, con paz, alegre, confiado. Quiero ese don de la libertad interior que he perdido muchas veces por apegarme en exceso al presente y lo que este me promete cada mañana. Confío y le entrego a Dios mis miedos, mis dudas, mis egoísmos, mis ataduras. Libre para seguirle en el momento en el que me pida que siga sus pasos por un camino nuevo. Sabiendo que es lo mejor que me puede pasar. Porque Dios siempre hace todas las cosas nuevas.
A menudo me cuesta entender la belleza escondida en la pobreza. Hoy escucho: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos». Un corazón generoso es el que se detiene ante el hambriento, ante el mendigo sin hogar, ante el desnudo. Y con él practica la misericordia. La promesa de Dios me impresiona: «Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía». Brillará la luz en mi oscuridad, en mis tinieblas. Me impresiona esa promesa. Cuando yo no sea el que oprime, sino el que libere. En ese momento brillará una luz en mi interior. Porque la caridad, la compasión, la actitud llena de misericordia hacen que una luz surja en mi alma y desaparezcan las tinieblas. En ese momento se curarán todas mis heridas. Me parece una promesa maravillosa. Todo lo que en mí está herido sanará. Todo lo que he dejado a un lado de mí, encontrará la paz. Con frecuencia deseo que mis heridas se curen antes de salir al encuentro de los demás. Tengo claro que la luz brilla con más fuerza en la oscuridad, en el momento en el que dejo de mirarme el ombligo. En ese instante en el que dejo de acusar con mi dedo y de decir calumnias sobre otros. Busco entonces saciar el alma afligida, y así mi propia oscuridad se vuelve clara como el mediodía. El amor al prójimo es el mejor bálsamo para mis propias penas. Cuando me descentro y pongo a mi hermano en el centro. Cuando salgo de mi autocompasión para practicar la misericordia con los demás que están tal vez más heridos que yo mismo. En ese momento el herido se convierte en sanador de otros y al mismo tiempo la propia herida sana, se limpia, se cierra. Me gusta esa imagen. Cuando busco a los demás para amarlos y curarlos soy yo mismo el que sana por dentro. Hay un misterio precioso aquí: mi propia sanación está ligada a cómo cuido la herida de mi hermano. Y una vez que haga eso con mi hermano sucederá que mi relación con Dios también sanará: «Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: – Aquí estoy». Cuando destierre la mentira, el pecado, el odio de mi alma podré mirar a Dios cara a cara y me dirá que está ahí, a mi lado, caminando conmigo. Miro a mi alrededor buscando a Dios en los que más necesitan. Y en ese momento descubro que yo también soy un menesteroso, un pobre de espíritu. A veces voy por la vida intentando ser fuerte, autosuficiente y perfecto, como si tuviera que ganarme el amor de Dios. Pero la verdadera santidad comienza cuando acepto mi propia vulnerabilidad. Dios no busca grandes héroes con armaduras relucientes, sino corazones que, en su pequeñez, sepan decir: «Señor, te necesito, porque solo no puedo caminar». Dios se conmueve al verme débil y necesitado. Descubre que no puedo estar sin Él y me lo da todo. Por esto tengo claro que ser pobre de espíritu no es carecer de cosas, sino tener el alma tan vacía de ego que Dios pueda llenarla por completo. Porque es el ego el que me impide ser humilde y de Dios. El ego es el que me lleva al egocentrismo, a buscarme a mí mismo por encima de mi hermano. Cuando dejo el ego a un lado surge en mi alma la paz, y brota el deseo de vivir la justicia de Dios cada mañana. En el salmo escucho: «En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. Porque jamás vacilará. El recuerdo del justo será perpetuo. No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor. Su corazón está seguro, sin temor. Reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre y alzará la frente con dignidad». Quiero ser justo con la justicia que viene de Dios. Justo para poder entregarme a los que necesitan y darles esperanza, abrir un canal entre la tierra y el cielo a través de mis buenas obras. Justo para que reine Dios en todo lo que hago, pienso o digo. Le muestro a Dios mis heridas, mi vulnerabilidad, lo que no está firme en mi alma, lo que me hace sufrir, lo que me duele en lo más hondo. Dios sabe sacar luz de mi oscuridad. Hace que mi ego desaparezca para reinar Él en toda su grandeza en mi interior. Así me gustaría vivir siempre, liberando, acompañando al que está solo, perdonando al que ha ofendido, dando esperanza al que vive sumergido en sus tristezas. Me gustaría tener paz en el corazón para no herir a mis hermanos sin remedio. Para colmar el ansia de los que más sufren. Liberar es traer luz a la oscuridad de muchos corazones. Es sembrar alegría en medio de las tristezas. Me gustaría vivir en la justicia de Dios. Para ello me reconozco herido, soy pobre, necesito un amor más grande que me salve, una luz más poderosa que me eleve por encima de todos mis miedos y fragilidades. Dios puede hacer nuevas todas las cosas si le dejo. Si miro fuera de mí a los que me necesitan, en lugar de vivir siempre deseando que los demás me cuiden. Y cuando sane a los demás con mi vida veré que mis propias heridas quedan sanadas.
Hoy me tocan especialmente las palabras de S. Pablo: «Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado. También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios». Tengo muy claro que el poder nace de la debilidad reconocida y asumida. Me esfuerzo por parecer sabio, elocuente o fuerte ante los demás. Quiero mostrarme seguro, sin fisuras, inmaculado, firme. Como si todo lo tuviera bajo control. San Pablo recuerda que él se presentó débil y temblando de miedo ante los que lo escuchaban. Ese temblor de Pablo es la señal de quien sabe que lleva un tesoro en una vasija de barro. Tener miedo o sentirse insuficiente no es falta de fe, es simplemente ser hombre, ser limitado. Dios no me pide que no tenga miedo, es imposible, sólo me pide que camine con el miedo, confiando en que su mano no me soltará nunca, eso me da paz. Por eso no confió Pablo en su propia capacidad de persuasión, sino en el poder de Dios. Tuvo miedo y Dios le dio la fuerza. Y es que Dios no necesita mi perfección para actuar. Sólo necesita mi verdad, mi pobreza, mi fragilidad. Cuando dejo de intentar ser brillante por mis propios medios, dejo espacio para que sea el Espíritu quien hable por mí. Mi fragilidad no es un obstáculo para que se haga presente el Reino de Dios. Es más bien lo contrario. En mi tierra pobre es donde Dios manifiesta su fuerza. No tengo que saberlo todo, pero sí tengo que reconocer que no sé, que no puedo, que no lo consigo. Y así dejaré que brille Dios en mi oscuridad. Me da miedo llegar a estorbar a Dios con mis palabras. Pablo dice que no llegó con elocuencia o sabiduría humana. Yo busco explicar a Dios con argumentos brillantes que terminan tapando su verdad. No hace falta ser un experto en teología para hablar de Dios. Lo que convencen no son las palabras, sino la autenticidad de alguien que ha tenido un encuentro real con Cristo y ha cambiado su vida. A veces, el silencio o un gesto sencillo de amor explican mejor el Evangelio que una charla magistral. A Santo Tomás de Aquino lo llamaban el buey mudo. Porque hablaba poco y era muy grande de tamaño. Hablaba poco porque observaba mucho y escuchaba con atención. No quería hablar por hablar. Siento que me falta callar, guardar silencio. Cuando no sé sobre un tema, igual hablo, como si fuera necesario opinar de todo. Y mis palabras acaban tapando el rostro de Dios. Hoy Pablo me recuerda lo importante. La cruz de Jesús, el sentido de la encarnación, el camino que yo mismo tengo que seguir detrás de sus pasos. Él nunca se glorió de saber nada más que la cruz de Cristo. Me impresiona esa confesión. Nunca se preció de saber nada más. Sólo Jesús en la cruz. No el Jesús de los milagros, de las palabras llenas de sabiduría, de las masas que lo escuchaban conmovidas. No, Pablo sólo habla de ese Cristo que conoció cuando perseguía a los cristianos en medio del desierto, camino a Damasco. Ese Jesús que le preguntó que por qué lo perseguía. Y él quedó ciego, sin saber qué hacer, qué decir. Desde entonces sólo podía hablar de ese Jesús muerto y resucitado que lo había perdonado de todos sus crímenes, porque Saulo cargaba en sus espaldas el peso de los cristianos sentenciados, condenados a muerte por su mano. Ahora que era cristiano sus palabras eran simples. Jesús lo había salvado y sólo podía hablar de Él entre los hombres. ¿De qué hablo yo cuando hablo de Jesús, de Dios en mi vida? Me da miedo ponerme yo en el centro y pensar que me siguen y escuchan por mi erudición, por mis palabras sabias. No soy yo el que ha de brillar, es Cristo. Estas palabras son muy ciertas: «Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención. Y así —como está escrito—el que se gloríe, que se gloríe en el Señor». Me quiero gloriar en Dios, no en mi poder, no en mis talentos. Todo lo que puedo hacer o decir no es nada. Es Dios el que cuenta y el que se ve en mis obras. Quiero ser más humilde. El mismo Santo Tomás de Aquino, al final de su vida, después de encontrarse con Jesús en lo más hondo de su alma, sólo podía decir que todo lo que había escrito era solo paja. Sí, todo lo que diga, lo que escriba, es paja que se lleva el viento. No pesa, no tiene valor, porque es ese encuentro con Cristo el único que puede cambiar los corazones. Nadie comienza a creer por escuchar palabras muy sabias. Es un encuentro con la persona de Jesús el que lo cambia todo. Nadie inicia el camino de la fe gracias a la erudición de un sacerdote. Es su testimonio fiel y auténtico el que lo acerca a Dios o el que lo aleja. Mi fe aumenta cuando me cruzo con personas que viven su fe con pasión, están enamoradas de Cristo y viven la enfermedad y la cruz con una paz que les viene del cielo. Esa santidad es la que enamora, la que atrae, la que convence. Quiero dejar que en mi debilidad y en mi pobreza se manifieste el amor de Dios.
Hoy Jesús les dice a sus discípulos que son la sal de la tierra: «En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente». Jesús usa parábolas para explicar cosas más profundas. Hoy les dice que son la sal. Es la sal que no se ve, pero se nota. Tiene una característica humilde, porque para dar sabor a los alimentos, tiene que desaparecer, morir, ser invisible. Si muerdes un grano de sal, te amarga. Pero si está bien repartida, hace que todo lo demás sepa mejor. La comida sabe más rica si no hay sal en exceso, la justa medida. Pero desapareciendo. Ser sal de la tierra no significa tener que dar grandes discursos ni buscar el protagonismo. No tengo que ser el centro de todo lo que sucede a mi alrededor. Se trata de vivir esa presencia silenciosa que, con un gesto de amabilidad, una palabra de consuelo o una sonrisa en el momento justo, hace que la vida de los que te rodean sea más sabrosa. Tal vez la santidad consista en eso, en disolverse en el servicio cotidiano en medio de los hombres. En lograr que sea el otro quien brille más que tú, mientras simplemente aportas el sabor del Evangelio. La sal no se ve y está presente. La invisibilidad es dura en este mundo en el que todo tiene que ser visible. Tienen que verme, que saber que existo. Tengo que subir contenido para que me sigan. Tengo que subir fotos para que sepan lo que estoy haciendo. Como si eso fuera lo más importante. Quiero dejar huella en lugar de permitir que la vida sea mejor para los demás. Hay obras de arte invisibles. Hace poco escuchaba que un escultor esculpió un pájaro en una parte escondida de una catedral. Cuando le preguntaron por qué lo hacía en ese lugar si nadie lo veía, él contestó que Dios sí lo veía. Porque Dios lo ve todo. ¿Estoy dispuesto a ser invisible y desaparecer para que los demás brillen y sean más felices? ¿Acepto que muchas veces mi esfuerzo y mi entrega nadie los conozca? No quiero que nadie conozca mis pecados y debilidades. Escondo mis heridas y me oculto para que nadie vea la fealdad que hay en mí. Pero luego deseo que el mundo admire el bien que hago, valore mi entrega y disfrute conmigo. ¿Quiero estar dispuesto a morir para que muchos tengan vida? Es lo que hizo Jesús, es lo que quiere que yo haga. Tengo claro que el peligro de la sal es volverse insípida. Y la comida sin sal se vuelve desabrida, sosa. La sal deja de ser útil cuando pierde su esencia, cuando se vuelve igual a la arena del camino. Tal vez por miedo a molestar, o por querer encajar en lo que el mundo dicta, pierdo mi sabor cristiano. Me acostumbro a hacer y a vivir como todos viven. Caigo en las prisas, en el egoísmo, en la queja constante, Me vuelvo insípido cuando mi vida no se distingue de la de alguien que no conoce el amor de Dios. Ya no tengo el sabor de Jesús en mi alma porque vivo fuera de mí, descentrado, olvidando que necesito estar en la presencia de Dios cada día para llenarme de su poder, de su sabor. Mantener el sabor significa cuidar la oración y el encuentro con el Señor, que es quien me sala el corazón para que no me deje arrastrar por la corriente, por la mediocridad. ¿Se ha vuelto mi sal insípida? ¿Ya no tengo el sabor de Cristo? Cuando eso le sucede a la sal ya sólo cabe tirarla fuera y que se pierda. Hay otra característica de la sal, conserva los alimentos. Antiguamente, la sal se usaba principalmente para evitar que los alimentos se pudrieran. Era el gran conservante. En un mundo donde a veces parece que triunfan el desánimo, la corrupción o la falta de sentido, estoy llamado a ser ese conservante de la esperanza. Quiero evitar que el mundo se corrompa por el odio. Con mi fe, ayudo a conservar la confianza en la bondad del ser humano y en la presencia de Dios. No deseo que mi entorno se vuelva rancio, o se pudra. Quero aportar la frescura de la caridad que todo lo purifica. Quiero conservar lo que he heredado, aquello en lo que creo, lo que me da la vida. Quiero conservar todo lo que hay en mi corazón, en mi vida. Que nada se pierda, que nadie deje que se muera. Mi sal son buenas obras, palabras que dan esperanza, abrazos que sostienen al que se cae y no tiene fuerzas para continuar. Mi sal es la fe que me permite luchar por llegar al final del camino. En medio del sufrimiento puedo creer, puedo esperar, puedo luchar por llegar al final del camino. No quiero ser blando. Hay muchas personas demasiado blandas, que se quejan siempre y viven echándole la culpa al mundo de lo que les pasa. Protestan por todo, critican y juzgan a los demás. No ven nunca la viga en su ojo y sí la paja en el ajeno. Me da miedo tener yo esa falta de alegría, esa falta de esperanza. Yo quiero ser sal que dé alegría y esperanza, que conserve la firmeza en las decisiones, que ayude a luchar contra los obstáculos que pueda haber en el camino. Cuando todo se ponga muy complicado en la vida, ¿qué puedo hacer? Seguir creyendo. Si sufro una enfermedad, o una pérdida, o un contratiempo inesperado. En esos momentos ser sal tiene que ver con luchar hasta el final y no dejar nunca de creer que es posible lograr los objetivos marcados.
Jesús me dice hoy que soy la luz del mundo: «Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». Quiero ser una luz que brille ante los hombres. Una luz que no sea propia, sino reflejada, porque la verdadera luz viene de lo alto. Ser luz del mundo no significa que tenga que brillar por mis propias cualidades, éxitos o fuerzas. La lámpara, por sí sola, es solo un objeto. Sé que necesita el aceite y el fuego. No soy el sol, soy sólo como la luna, que no tiene luz propia, sino que refleja la del sol. No tengo que centrarme en mis talentos, aunque esos talentos también son un camino para la luz. Dios puede brillar en mí desde mi fragilidad y pobreza: «Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso». Dios elige lo débil para manifestar su fortaleza, busca lo que no tiene luz para iluminar a muchos. Cuando reconozco mi pobreza, mi incapacidad para brillar con mis propias fuerzas, acepto que Dios tome posesión de mi vida y brille a través de mí. Para eso quiere quitar los obstáculos que lo puedan impedir. Ser luz es vaciarse de uno mismo, de mi ego enfermizo que a veces se impone. Vaciarme de todas mis pretensiones y exigencias a la vida, para dejar que la luz de Dios pase a través de mi transparencia. Significa ser transparente, limpio, puro, para dejar que pase a través de mí la luz de lo alto. No es tan sencillo porque a menudo quiero brillar yo, quiero ser el centro, quiero ser el hacedor de la luz, el que rompe todas las tinieblas. Quisiera tener la humildad suficiente para vaciarme de pretensiones, de sueños y dejar que Dios tenga poder en mi corazón, así brillará Él y no yo. En esos días en los que me sienta apagado o cansado, quiero tener siempre presente que no soy yo el que tiene que fabricar la luz. Solo tengo que ponerme frente a la fuente, frente al sol, dejarme iluminar y permitir que esa paz irradie de forma natural hacia quienes me rodean. El propósito de la luz que viene de lo alto es el servicio a los demás, no el lucimiento personal. Ha de ser una luz que ilumine, nunca que encandile y deslumbre. Jesús dice que la luz se pone en el candelero para que alumbre a todos los que están conmigo. La luz no existe para mirarme a mí mismo por los éxitos que logro, sino para que otros puedan ver el camino. Ser luz es una misión de servicio. A la vida de los hombres Una luz que solo se ilumina a sí misma termina alejando a los demás. La verdadera luz es humilde, es sencilla, no deslumbra, sólo muestra el camino a seguir. Es una luz que se desgasta como una vela, como una lámpara de aceite, para que otros no tropiecen. Esa luz puede ser simplemente una palabra de aliento, escuchar de forma atenta, guardar un silencio que pacifica. Quisiera iluminar las zonas oscuras de los que sufren a mi alrededor, sin necesidad de dar grandes discursos. Sé muy bien que la luz brilla más donde hay más oscuridad. Una vela que se enciende en pleno mediodía apenas se nota, pero en la noche más cerrada es capaz de guiarme por el camino correcto. Una vela encendida en la oscuridad de mi cuarto lo ilumina todo. No estoy llamado a ser luz solo cuando todo va bien. Mi luz es más necesaria precisamente en la debilidad, en la enfermedad o cuando me siento perseguido o calumniados. Es ahí donde la esperanza cristiana se vuelve visible y creíble. Donde la luz de Dios en mi alma puede dar esperanzas a muchos. Cuando esté pasando por un momento de dificultad o limitación física, no quiero pensar que mi luz se ha apagado. No es así, la luz que llevo dentro no se apaga en la tormenta, ni en la oscuridad de la noche. Es lo contrario, porque es una luz que Cristo mantiene encendida en mi interior, esa luz ilumina en esos momentos en los que me encuentro más roto. Es la luz de la paciencia y de la aceptación en el dolor. Es esa una luz fuerte que brota de la herida. Porque es desde la herida, desde las llagas de Jesús, desde donde brota una luz fuerte que brilla trayendo claridad.
[1] Vida de S. Francisco de Asís, Álvaro Pombo