Sofonías 2, 3; 3, 12-13; 1 Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12a
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos»
1 febrero 2025 P. Carlos Padilla Esteban
«Quiero ser humilde y manso de corazón. No hacer el mal, mirar con amor, hablar bien de los demás. Y hacer que reine la justicia»
Quiero detenerme hoy a meditar el paso que dio el P. Kentenich el 20 de enero de 1942. Ese día el Padre simplemente supo que no tenía que hacer nada más. Que no tenía que tomar más iniciativa y sólo esperar. No tenía que hacer nada por evitar ir al campo de concentración. Si Dios así lo quería le libraría Él mismo de ese mal. Esa actitud me enseña que en la vida hay momentos en los que tengo que decidir haciendo cosas y hay otros momentos en los que decido sin hacer nada. Hay encrucijadas en la vida en las que tengo que actuar, construir, levantar, derribar, empezar, hablar, motivar, ayudar. Hay otras situaciones en las que me tengo que quedar quieto y callar, quedarme mudo, silente y no hacer nada. Simplemente esperar a que la voluntad de Dios se cumpla en torno a mí. No es fácil, puede que algunos me pidan que haga algo para evitar una cruz, que huya, que actúe, que elija otro camino. Los que me aman no querrán que sufra y estarán incluso dispuestos a decidir por mí y hacer algo incluso si yo decido no hacerlo. En mi decisión libre puede que no me entiendan, ni me acepten. Eso le pasó al P. Kentenich ese día. Al no hacer nada muchos se indignaron, no lo entendieron. Y es que esa noche, en la que tenía que decidir si usaba ese medio humano que le ofrecía el médico para huir la muerte segura de un campo de concentración, se jugaba todo. El presente, todo lo construido en Schoenstatt, la misma vida de los que estaban tan ligados a él. Decidió lo que los demás no querían que decidiera. Tomó una decisión no eligiendo esa salida que parecía legítima, justa, manda por el mismo Dios. En su corazón supo que ese no era el camino sin saber muy bien por qué. Una decisión que no le daría paz aun sabiendo que era lo que Dios quería. ¡Qué difícil entender bien los caminos y lo que Dios quiere! Dios lo liberaría, esa era su certeza, Dios traería la paz y la luz sobre la oscuridad de ese momento. Hay momentos decisivos en mi vida en los cuales simplemente contemplo mi presente como es y le pregunto a Jesús: «¿Qué es lo que quieres de mí ahora, con todo lo que está pasando? ¿Qué esperas de mí? ¿Qué deseas?». Son decisiones importantes ante sucesos fundamentales que lo cambian todo. Tengo que decidir qué hacer cuando muchas voces gritan en mis oídos, en mi corazón. Son momentos que no he elegido, pero que están ahí, ante mis ojos. Entonces acepto en mis manos lo que tengo, los restos de mis sueños rotos, los anhelos caídos, el dolor de la pérdida y la derrota. No puedo hacer nada por cambiarlo todo. Sólo puedo permanecer quieto, con paz, añorando quizá lo que he perdido, deseando tal vez lo que aún no poseo. Y decidir qué paso dar, o qué paso no dar. Puede ser que en algún momento de un futuro no muy lejano ocurra algo que lo cambie todo. O puede que no suceda nada. Podría Dios liberar más tarde al P. Kentenich, o dejar que fuera al campo de concentración y muriera ahí. Podría ser que saliera vivo del campo, o podría ser que no. Yo no tengo en mis manos el conocimiento de lo que va a suceder. Pero eso no lo necesito para decidir. Dios sólo me pide que confíe. Quizás las cosas no coincidan con lo que yo deseo. O quizás ese algo sí se corresponda con lo que sueño. No lo sé, eso no importa porque no está en mis manos el mañana. Lo que sí está en mis manos es lo que hago o no hago con el presente que tengo ante mis ojos. De mí depende cómo quiero vivirlo. Con ansiedad, con angustia, derribado por mis miedos. O confiando y sabiendo que mi vida está en las mejores manos, en las de ese Dios que me ama con locura, con un amor incondicional. De mí depende lo que haga y cómo lo viva. Puedo intentar cambiar la realidad a la fuerza, a base de golpes y cabezazos. Puedo ponerme una venda en los ojos para tapar el mundo y negar lo que estoy viendo, simplemente cerrando los ojos. Puedo intentar apartar con rabia lejos de mí lo que no me gusta. Puedo hacer tantas cosas por cambiar lo que tengo entre mis manos. Pero tal vez hay momentos, como aquel 20 de enero, en los cuales lo que decido es simplemente quedarme quieto, callarme y no decir nada, no hacer nada por evitar que suceda lo que más temo. En esa situación sólo me queda esperar paciente a que Dios me diga lo que quiere de mí. Y decirle que sí, que acepto la vida como es, no como a mí me gustaría que fuera. Darle mi Fiat y dejarme hacer en sus manos de Padre. Me turba el futuro incierto y los pasos que doy sin saber bien hacia dónde. Dejo de hacer planes de repente para vivir con paz lo que me toca. En eso consiste vivir la vida inscrito en el corazón de Jesús. De esa manera es posible vivir con paz cuando me abandono en las manos de María. ¡Cuánto me cuesta vivir así! No tengo que hacer nada, sólo besar la realidad como se me presenta y sonreír. Darle mi sí valiente y decidido. Sostener el cáliz ante mis ojos sabiendo que su sabor puede no gustarme. Quizás no lo hubiera elegido, de haber podido. Pero ahora sólo elijo besarlo, beberlo, aceptarlo. El P. Kentenich esa noche no intentó encontrar con medios humanos caminos alternativos. Ahora yo podría hacer lo mismo, buscar otros caminos, otras salidas, otros paisajes, otras posibilidades abiertas ante mis ojos. Podría hacerlo, pero no lo hago, porque elijo el presente que tengo y me decido a dejar que Dios sea el que me vaya mostrando el camino con su paso seguro. Él sabe mejor que yo lo que me conviene. Yo no lo sé y me confundo con frecuencia buscando otros caminos. Quiero imponer mi voluntad a la de Dios. O simplemente elijo la que el mundo quiere para mí, la que han pensado, la que les parece bien. Y vivo en tensión queriendo hacer realidad lo que sólo son sueños o palabras bonitas. Vivo de las expectativas de los demás o de las mías propias. Y así no soy feliz, por esa tensión que me atenaza por dentro. Cuando quiero controlarlo todo para que sea lo que yo espero, lo que sueño, lo que otros esperan o sueñan para mi vida. Y esa tensión me amarga y me quita la sonrisa. No quiero vivir así. Suelto las riendas como hizo el Padre esa noche. Me abandono en las manos de Dios sin querer protegerme. Sin querer evitar errores. Sin querer que todo sea perfecto y bendecido. Sin pretender una vida que no es la mía. Hoy me mira Jesús como miró al P. Kentenich esa noche. Y yo beso la cruz, el presente, tomo su cáliz y me libero. Y una paz venida del cielo inunda mi alma. Descanso en sus manos y le cedo a Dios el timón de mi barca.
Dicen que uno madura cuando asume que la vida es como es y deja de amargarse al acariciar la realidad. Cuando deja de soñar con imposibles y se viste el traje del realismo, para enfrentar las dificultades de mi vida. Es que la vida es como es, me veo diciendo, me lo dicen y me lo creo. Y acabo convencido de la verdad de mis palabras. La vida es pesada, injusta, rígida, así como se ve, no se puede hacer nada. ¿Acaso no hay salida del estrés ni de las obligaciones autoimpuestas? Parece que me he metido en un carrusel impuesto del que no puedo salir. No puedo escapar, no puedo alcanzar las nubes. Me acabo conformando con las cosas como son, tal cual son. ¿Se podría hacer todo de forma diferente? Quisiera aprender de los errores y asumir que se pueden cambiar las cosas, que pueden hacerse mejor, que puedo mejorar lo que existe a mi alrededor. ¿Será posible inventar un nuevo camino? Me niego a pensar que no puedo cambiar nada de lo que ahora vivo. Hay muchas cosas que no las podré cambiar. Son imponderables, son circunstancias impuestas. Pero yo puedo salir de donde me encuentro. Puedo cambiarlo todo, puedo hacerlo mejor. Si busco en mi corazón y me adentro en mi alma. Si toco la realidad que se presenta ante mis ojos. Si acaricio ese talento que Dios ha dejado nacer en mi alma para que pueda vivir la vida plenamente. Fiel a mí mismo. Madurar no es darme por satisfecho con las cosas como son ahora. Con sus límites, con su precariedad. Hay en mi corazón un deseo real de darle la vuelta a la vida. De empezar de nuevo y hacerlo todo distinto. No puedo volver al pasado, pero puedo aprender de mis errores. Puedo soñar con cosas más grandes que ahora mismo me parecen inimaginables, puedo hacerlo. Me gusta esa mirada que cambia la realidad. La transformo con mi sí alegre, con mi disponibilidad para dar la vida. Sé que las personas felices son las que tienen un propósito en la vida. Las que han encontrado un camino y saben hacia dónde van. En el libro Ikigai de Francesc Miralles se habla de ese pueblo en Japón en el que las personas viven más años. Lo que desean no es vivir más de cien años. Aun cuando en Japón le dan un certificado a los que alcanzan esa cifra, por el mérito de haber llegado sanos a esa edad. Ellos lo que quieren es vivir una vida con sentido. Una vida simple, con un propósito. Y lo que se demuestra es que son más felices los que tienen vínculos profundos de amistad. Y su vida consiste en el servicio a los otros. Es más feliz el que sirve, el que se pone a ayudar a su hermano. Como decía la Madre Teresa de Calcuta: «El que no vive para servir, no sirve para vivir». Y tiene toda la razón. Son más felices los que sirven, los que no se cierran en su egoísmo. Es más alegre el que se da a los demás sin esperar siquiera el reconocimiento. Porque el reconocimiento no trae la felicidad, ni el éxito, ni los logros alcanzados en la vida y materializados en dinero. El que más tiene no es más feliz que el que no tiene nada. Muchas veces el dinero me trae más comparaciones y más amargura y más miedo de perder todo lo que tengo. Entonces la vida consiste en encontrarle un sentido a toto lo que hago. En sacar del alma un propósito por el que seguir viviendo. Saber que estoy aquí para algo y que lo que haga con la vida que tengo, con los años que Dios me regala, será valioso si sirve para que otros sean más felices y tengan vidas mejores. El sentido de la vida lo tengo que buscar de nuevo cada mañana, preguntarme si tengo que cambiar algo, levantar el polvo que cubre mi alma y dejar que entre el sol en mis oscuridades. Tengo que perdonar para que sanen las heridas. Tengo que dejar ir para no vivir demasiado anclado en un pasado que ya no puedo cambiar. Puedo abrirme a un futuro distinto porque no estoy condenado a repetir moldes y a hacer las cosas como los demás esperan que las haga. Puedo innovar desde mi originalidad. Dios me ha dado un alma virgen, joven, alegre para que la entregue. Ha puesto palabras afables en mis labios para que las pronuncie. Me ha dado un corazón inocente para que busque la inocencia y la bondad, para que ame de forma incondicional, como Dios me ama en esta vida. Y que mi mirada sea un reflejo de la de Dios.
¿Cómo se puede entender que ocurran desgracias sin remedio en este mundo que habito y que Dios tanto ama? ¿Cómo se pueden encontrar respuestas al sinsentido? No las encuentro. El mal me parece algo tan terrible que no lo quiero. Y me cuesta entender a ese Dios que permite accidentes mortales, enfermedades que acaban con la vida, desgracias impensables, asesinatos, abusos, crueldades. Si todos nacemos con bondad en los ojos, ¿en qué momento se envenena el alma? ¿Cómo se reconduce al que se ha descarriado y ya no acepta el amor, ni el consuelo? Quiero comprenderlo todo para aceptarlo. Saber que hay un plan mejor que el que yo había pensado para mi vida, o para este mundo. Me gustaría ser más sabio o más listo para no vivir perdido en conjeturas. O buscar palabras que consuelen, en un repertorio algo manido, muy usado, demasiado visto. Intentando hallar respuestas que se impongan en medio de la falta de fe que veo en este mundo, en mi propio mundo. No sé cómo levantarme por encima de mis caídas y llegar más lejos o más hondo. Cómo silenciar las quejas, y los gritos y los llantos. Porque parece injusto este mundo y me rebelo contra ese Dios que permite las injusticias, o la barbarie o el mal que no puedo evitar con mis manos, sólo puedo taparlo para no verlo. Me gustaría creer que el cielo es posible en esta tierra. Y vivir la resurrección ya aquí en este mundo. No sé cómo cambiarlo todo, cómo resolver los enigmas del futuro. No sé si esa enfermedad me llevará a la muerte, o lograré salvarme antes del último aliento. No sé si logrará mi oración hacer milagros, o el milagro ya es vivir con paz en medio de la incertidumbre. No sé cuánto bien tengo que hacer para compensar el mal que veo, tan fuerte, tan presente. Sé que todo lo que haga repercute en otros, en mi mundo, en aquellos a los que amo y me aman. Mi aspiración a la santidad seguro que les da alas a muchos para aspirar al mismo cielo. Y mis caídas, quizás como las suyas, entierran más mis pasos sobre el lodo, también sus pasos. No quiero ser sólo un instrumento de la misericordia de Dios, quiero llenarme un poco de esa compasión que viene del cielo. Dar más amor del que recibo, acompañar en medio de mi propia soledad, sostener cuando me esté cayendo, animar cuando la tristeza en mí sea más fuerte. Hay muchos caminos escondidos en medio del bosque. No hay tanta luz como yo quisiera para no perderme. Me gustaría elegir siempre el camino correcto, ese camino que me dé paz y encaje con mis sueños. Pero me confundo por precipitado e interpreto mal las señales que Dios ha dejado caer sobre la arena, sobre las aguas de mi mar, sobre sus olas. Quiero aprender a descifrar las voces que me hablan. No comprendo el mal, ni la injusticia, pero no quiero sumar nada malo a la suma de males que veo en mi vida. No me puedo inventar un mundo ideal, un camino mejor. Sólo puedo dar lo que he recibido y consolar habiendo sido antes consolado. Puedo predicar con el ejemplo, es la mejor predicación, no tengo dudas. Porque algunos tienen autoridad moral para actuar de una determinada manera. Hacen las cosas que les toca hacer. Y no viven amargados si no logran llegar a lo que habían soñado. Aceptar la realidad como es suele ser el camino de la felicidad, pero no siempre es fácil comprender que mis renuncias son parte de esa verdad que no se puede tapar con un dedo. Hay demasiada soledad a mi alrededor, demasiado mal, demasiadas víctimas y no puedo llegar a todos. No puedo perdonar todos los pecados. Y no quiero tampoco sentir que mi propio pecado es imperdonable. Dios lo perdona todo aun cuando yo no sea capaz de perdonarme a mí mismo. Tal vez ese perdón es el que más me cuesta. No quiero decir que el cielo sea la salida de este mundo sufriente. No me vale como respuesta. Quiero ser feliz aquí y ahora, aceptando la realidad y comprendiendo todo el bien que puede brotar de mi herida. Puedo perdonar y reconciliarme con el que me ha hecho daño. Puedo volver a empezar y aceptar la traición, el engaño y el abandono. No puedo negar el dolor que me causan las mentiras. Ni el daño que me provoca la violencia de los otros, también mi propia violencia. Cuando grito o me gritan, algo se rompe muy dentro. Y si me engañan la confianza muere. Y entonces comprendo que no puedo reparar la tela rasgada, ni volver a unir lo que se ha partido en mil pedazos. Pero puedo hacer una vasija nueva, más rota, más herida, más recompuesta. Será lo más parecido a la felicidad que pueda encontrar en el camino. Es el regalo más grande que Dios me puede hacer cada mañana.
Me gusta pensar que toda mi vida es una búsqueda. Un salir de mí mismo para ir al encuentro de Dios, de mí mismo, del sentido de mi vida. No importa la edad que tenga, siempre necesito ponerme en camino y salir de mí para buscar. Hoy escucho: «Buscad al Señor los humildes de la tierra, los que practican su derecho, buscad la justicia, buscad la humildad, quizá podáis resguardaros el día de la ira del Señor. Dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor. El resto de Israel no hará más el mal, no mentirá ni habrá engaño en su boca. Pastarán y descansarán, y no habrá quien los inquiete». Hoy se me pide que busque la humildad. A menudo pienso que la humildad es un rasgo de la personalidad, o incluso una actitud impostada de falsa modestia. Me gustan las personas humildes pero me niego a ser una de ellas. Caigo en el orgullo, en la vanidad, me siento mejor que otros. ¡Cuánto cuesta ser realmente humilde! Hoy Jesús me pide que busque ser más humilde. ¿Busco la humildad con la misma intensidad con la que busco el éxito o la seguridad material? La humildad es ese refugio que me permite caminar ligero de equipaje. El humilde no teme perder nada porque no ha puesto su seguridad en el reconocimiento de los demás, o en el éxito, o en el dinero. El humilde no espera los halagos del mundo. Vive feliz porque se ama como es. No quiere ser como otros. Acepta su vida en su pobreza y en su grandeza. No vive mendigando el cariño de nadie porque posee el amor de Dios. Quiero ser humilde y manso de corazón. No hacer el mal, mirar con amor, hablar bien de los demás. Y hacer que reine la justicia. Me gustaría ser más justo en mi vida, en mis decisiones, luchar para que reine la justicia a mi alrededor. Justo en el trato con los demás. Justo en mi comunión con Dios, porque cuando estoy cerca de Dios soy más justo y lucho para que haya justicia en mi trabajo, en mi familia. Esa justicia de Dios que trae la salvación. Porque Dios me salva con su justicia. Hoy escucho que Dios ha escogido un resto del pueblo de Israel. Un grupo de hombres justos y humildes. Un grupo pequeño que no destaca por su poder, sino por su fidelidad. En un mundo que me empuja a ser el mejor, el más fuerte o el más visible, Dios pone su mirada en el que sobra, en el sencillo. Pone su mirada en mí cuando vivo de esa manera. Cuando no busco los primeros lugares, ni ser más visible que nadie, ni destacar por encima de todos. Ha puesto su mirada en mí porque soy fiel. Me pregunto: ¿Me esfuerzo por pertenecer a los grandes del mundo o me siento cómodo siendo parte de ese resto humilde que confía más Dios que en sus propias fuerzas? Quisiera ser de los pequeños mientras me esfuerzo por ser de los grandes. Hay una contradicción en mi alma. Por un lado valoro la humildad y la pequeñez de los pequeños. Por otro lado caigo en el orgullo y en la vanidad y me siento mejor que los que me rodean o lucho por serlo cada día. Quisiera ser más humilde, más consciente de la necesidad que tengo en el corazón de ser salvado. No merezco el perdón, nunca se merece. No merezco los primeros lugares, quiero ocupar el último con una actitud alegre. Este texto acaba con una promesa de descanso: «Pastarán y descansarán, y no habrá quien los inquiete». Me gusta esta invitación a la paz, al descanso. Pero este descanso está condicionado a la integridad: «No mentirá ni habrá engaño en su boca». La inquietud del alma muchas veces nace de mis propias máscaras. En mis mentiras no encuentro la paz sino la inquietud. ¿Qué partes de mi vida necesitan más verdad para encontrar descanso? La paz verdadera no es la ausencia de problemas, sino la transparencia del corazón ante Dios. La paz está unida a la verdad, porque cuando vivo en ella, tengo una paz que viene del cielo. No temo el juicio de los hombres ni el de Dios. Porque vivo en la verdad, sin mentiras, sin engaños. Es tan fácil que se engañe el corazón. Mi alma se llena de mentiras fácilmente. Dejo de buscar la verdad a mi alrededor. Dejo de aceptar esa verdad que duele. Es como si quisiera ser otro diferente, o vivir una vida diferente a la que vivo. Y entonces me rompo por dentro porque las mentiras nunca me dan paz. Leía el otro día: «La vida en su verdadero sentido… es la relación con Aquél que es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquél que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida»[1]. Si estoy unido a Dios vivo en la verdad. Si habita en mi corazón es imposible soportar las mentiras de mi vida. Ante Él no puede haber engaño. Dios es el que me ve, el que me mira y busca, el que sabe quién soy desde lo más hondo. A Él no consigo contarle mentiras porque sabe todo de mí. No puedo ocultarle mi pecado ni taparle mi orgullo, sabe cómo soy y lo que necesito. La verdad me hace libre y también me hace más humilde. Porque en ella me veo pobre y desvalido. Busco mentiras para ocultar mis heridas, para tapar mi lodo, para mostrarme ante el mundo mejor de lo que soy o para no dejar de recibir elogios por una apariencia que no se corresponde con la verdad que estoy viviendo. Quiero pedirle a Dios que me enseñe a besar la verdad de mi vida con humildad cada mañana.
Me siento uno de la multitud escuchando a Jesús hablar desde lo alto de la montaña. Llego hasta allí con mis penas y pesares, con mis angustias y mis temores. Y Jesús me llama bienaventurado: «En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: – Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios». Jesús se hace eco de las palabras que escucho en el salmo: «El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos. El Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sion, de edad en edad». Jesús es Dios protector que me mira con su amor incondicional y me promete lo que más necesito. Me llama feliz, bienaventurado, cuando lo que vivo no es precisamente una paz eterna y definitiva. Me mira y me habla con sus ojos fijos en el cielo. Bienaventurado porque soy pobre de espíritu. Porque me siento desvalido, sin nada que ofrecer, sin méritos, lleno de pecado y desesperanza. Me mira y me dice que soy bienaventurado cuando no tengo nada a lo que aferrarme, cuando han caído todos mis seguros y me siento vacío. Bienaventurado por ser pobre, por no tener riquezas que me den seguridad. Bienaventurado por ser un pobre que se refugia sólo en Dios porque no tiene nada más que le dé sostén en este mundo. ¿Cuáles son esos seguros que me atan a la tierra y me alejan del cielo? Soy rico cuando busco en ellos mi seguridad, cuando me siento demasiado enraizado en esta tierra. Tal vez mi vocación sea desprenderme, no para ser más libre, sí para ser bienaventurado. Soltar lo que me ata, lo que me impide volar. Como ese pájaro que tiene atada su pata con un hilo muy fino, eso basta. Es suficiente esa débil cadena para que sea sólo un sepulcro blanqueado. Sucio por dentro, aparentemente limpio por fuera. Con maquillaje que oculte mis manchas y pecados. Los restos de mi dolor. Miro a Jesús en la montaña que me dice feliz. Bienaventurado cuando sea manso. Seré feliz y pleno cuando aleje la violencia de mi carne, cuando perdone y no guarde resentimientos ni deseos de venganza, cuando destierre mi ira y mi rabia. Manso para dejarme conducir como un cordero. Para no reaccionar con violencia a la violencia. Manso para seguir la voz de Dios a donde quiera llevarme. Bienaventurado cuando llore, tenga hambre y sed de justicia. Serán momentos en los que me sienta desdichado, infeliz y Jesús me dice que soy bienaventurado. En esos momentos de insatisfacción alzaré las manos al cielo buscando el consuelo. Y sentiré su abrazo de misericordia. En esos momentos de abandono sólo me quedará Dios y lo pondré en el centro de mi vida. Seré saciado por ese amor incondicional e infinito que no se cansa de amarme, justamente cuando menos lo merezco y más lo necesito. Bienaventurado cuando siembre la paz a mi alrededor y no la guerra. Es tan fácil herir con palabras y con gestos. Descargar la violencia buscando justicia, que me hagan justicia, que me den lo que me corresponde, aquello a lo que creo tener derecho. Es tan fácil culpar a los demás del daño que sufro. Quiero que ellos también sufran, quiero ser el vengador, el justiciero. Sembrar paz es un acto de santidad. Me exige dejar a un lado el odio para que sean el amor y la misericordia los que llenen mi pecho. Lleno de la compasión seré feliz y sembraré paz desarmando a los armados, acabando con las guerras que tal vez yo mismo haya iniciado. Bienaventurados los limpios de corazón. ¿Cómo se limpia el alma cuando está tan sucia? ¿Cómo se deja cristalina para poder mirar el fondo de mi corazón? Limpio de corazón para mirar con pureza, para no juzgar ni criticar. Que mi mirada no condene a nadie. Soy más feliz cuando miro con bondad a mi hermano, cuando olvido sus ofensas, cuando no hago daño con mis palabras. Más feliz cuando mi mirada ve lo bueno de cada uno y ensalza los méritos de todos, no tanto buscando el halago y las caricias de los demás. Más feliz cuando la pureza de Dios sane mis propias impurezas. Bienaventurado cuando yo mismo sea misericordia al mirar al que me hace daño. Cuando perdone siempre aun cuando nadie me pida perdón a mí por el daño que me han hecho. Perdonar para liberarme de esas cadenas invisibles que me atan al que me hirió. Misericordia para amar a los demás cuando menos lo merecen. Para perdonar siempre, para abrazar con la mirada llena de bondad del mismo Dios en mi alma.
Y Jesús continúa enumerando los caminos que tengo que seguir para ser bienaventurado, feliz. Seré más feliz entonces, cuando me persigan por amor a Jesús, por defender su nombre, su fama, su gloria, no la mía, no mi bienestar, sino el suyo. Cuando deje de mirarme a mí mismo y busque siempre a Dios en los demás seré más feliz: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Jesús me dice que tengo que alegrarme cuando me persigan, cuando me ofendan, cuando me hagan daño. No estoy acostumbrado a poner la otra mejilla cuando me golpean. Me sale más de forma natural el ojo por ojo. Si me hacen daño, hago daño. Si me persiguen, yo persigo, o me defiendo, pero no soy manso ni humilde de corazón. El orgullo es más fuerte. Me duele cuando me juzgan y critican. Me hace daño cuando hablan mal de mí, cuando me ofenden sin merecerlo. Porque nadie merece que le hagan daño. Y yo no quiero que me dañen. Me rebelo, reacciono con violencia, me lleno de rabia y de ira, surge en el alma el resentimiento, el deseo de venganza, no estoy dispuesto a perdonar. Pero Jesús me dice que seré feliz, bienaventurado, santo, cuando sea perseguido y no reaccione como reaccionan muchos. Cuando no me llene de amargura sino que conserve la paz. Tengo claro que la verdadera santidad no es la ausencia de heridas, de sufrimientos, de pecado, sino la presencia de Dios. Jesús me dice que puedo ser bienaventurado, feliz, lleno de gracia y de luz también en ese momento en el que soy perseguido, rechazado, juzgado, condenado. En ese momento en el que me siento humillado. A menudo pienso que la felicidad, la bienaventuranza prometida por Dios, llegará cuando todo esté en orden en mi vida, cuando no sufra, cuando no me persigan, cuando todos me admiren. Y no es así. Parece casi todo lo contrario. Esa paz que viene del cielo llegará a mi corazón en medio de la persecución, del insulto y de la calumnia. El momento en apariencia más duro y más temido en mi vida. Porque no quiero ser rechazado, nadie lo quiere, ni perseguido, ni odiado. Y será en ese momento cuando Dios me abrazará como abraza un padre a su hijo más querido y desvalido. Será en se momento cuando ya nada tenga que defender porque lo habré perdido todo y me sentiré perdido en medio del camino. Y sabré en ese momento que ya no puedo poner la confianza en mi poder, en mi dinero, en mis méritos, en mis logros. Me habrá despojado la vida de todo lo que me daba seguridad y sólo me quedará mirar al cielo, alzar la mirada y esperar que Jesús me abrace en lo más íntimo del corazón. Entonces comprendo que ser realmente bienaventurado no consiste en llevar una vida exenta de problemas, sino tener una vida llena de sentido, llena de Dios, de una presencia que lo invada todo, especialmente esos vacíos que ha dejado el perder todo lo que retenía como mi gran tesoro de seguridad. Tengo muy claro que Dios no me pide ser perfecto, sino ser verdadero, ser auténtico, ser yo mismo. La verdadera justicia no es la que yo impongo a la fuerza, tratando de salvar mi nombre, mi fama, mi gloria. La justicia verdadera brota de un corazón que, aun habiendo sido herido, decide no devolver el golpe y descansar en la mirada de Dios en quien confía. Porque se sabe amado por Dios y esa experiencia es la que lo salva, lo sostiene. Hay una alegría profunda que nace de la coherencia de vida. No me persiguen por haber hecho un mal, sino tal vez por haber hecho un bien en el nombre de Jesús. Y entonces, cuando sea perseguido por buscar la justicia o la humildad, en realidad seré invitado a entrar en el Reino de los cielos aquí y ahora. No es una alegría falsa, del momento, superficial. Es más bien la paz de saber que, aunque el mundo me quite la razón y me haga daño al rechazarme, Dios no lo hace y me regala su abrazo. Me da mucha paz comprender que el único que me salva, me sostiene y me juzga es Dios, no los hombres. No me importa tanto esa mirada acusadora sobre mi vida. Me da paz saber que Dios me mira con alegría, me sostiene, me levanta y me dice que soy su hijo amado, su predilecto. Eso me salva. Ese abrazo le da sentido a todo lo que vivo y sufro y hace que mi vida valga mucho la pena.
[1] Encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI